23 de julio de 2008

PROYECTO DE NOVELA

Acá comienzo con un proyecto, una novela en tres relatos. Veremos cómo va. En realidad ya hay bastante escrito y voy a ir subiendo semana a semana una parte. Ojalá que me acompañen y sigan las historias. Pueden, por supuesto, hacer todos los comentarios que quieran, sugerencias, diatribas y demás cosas. Eso sí, todavía no tengo el título final, por ahora va a ir apareciendo con el título de cada relato. El primero se titula El nudo; el segundo, que todavía no está terminado, Las manos. Supongo que el tercero llevará el título de La soga. Como verán, la cosa viene de ataduras. Espero que se aten a los relatos. Saludos y espero los mensajes, siempre tan felizmente recibidos.


El nudo




I

Habría que ver quién puso el candado. Diez años, ni más ni menos. Habría que ver, más bien, por qué; por qué después de tanto tiempo alguien viene y pone un candado en este portón de madera despintada. Que yo recuerde, adentro no había nada, aunque decir nada es exagerar; siempre hay algo en un lugar, aunque pueda decirse de eso: no es nada.
Veníamos, de chicos, y jugábamos al fútbol, cuando llovía y no se podía usar la canchita. Contra las paredes se apilaban cajones de madera, cerrados con clavos y sin inscripciones de ningún tipo. Es raro que nunca despertaran nuestra curiosidad; pero pienso que sería porque así conocíamos este galpón desde siempre, y el uso que le dábamos estaba tan lejos del juego de los exploradores que nunca se nos ocurrió revisar. Además en esa época preguntar demasiado era conseguirse un reto. Ahora que está el candado puesto, claro, la curiosidad viene. La decepción de no haberla sentido antes, más bien. Ahora que no se puede, me gustaría entrar a ver. Este lugar tan sin dueño, por lo demás, está igual que siempre.
Los chicos del barrio, los que van a la escuela y son mis alumnos y tienen la misma edad que yo tenía cuando venía a jugar acá, ahora van a crecer con una puerta cerrada y tampoco se van a hacer demasiadas preguntas. Hasta que venga alguien y rompa, o abra, este candado que no debe llevar acá muchos años.
Más o menos el tiempo que hace que no veo a Lidia.
En fin, no será casualidad. Quiero decir, que vea este candado ahora y que repare en él. Siempre hay imágenes que condensan un estado de ánimo.
El barrio ha cambiado poco desde que me fui. O mucho, según cómo se lo vea. Porque cuando era chico solíamos enumerar las novedades mes a mes: una casilla que se forraba de ladrillos o se agrandaba; un frente que se pintaba; un negocio nuevo; un vecino que un día llegaba a su casa en su propio auto. Cosas que, me acuerdo, hacían decir a los mayores “El barrio crece; de a poco, pero mejora”. Seguramente había otro tipo de novedades, pero esas se las dirían los mayores por la noche y en voz baja. O no se las dirían nunca. Lo cierto es que había una suerte de expectativa comunal ¿A qué no llegaría este lugar en el año dos mil? Pero todo se frenó un día y los cambios se hicieron lentos. Tanto como le lleva al tiempo roer las cosas.
Me paro a ver, a espiar entre las tablas del portón. Apoyo la cara en la madera y huelo el polvo del interior. No se ve nada. Apenas las rayas luminosas que forman los intersticios y que le dan al suelo de cemento alisado el aspecto de una celda.
Candado, celda. Hoy no es mi día y sin embargo estoy acá.
-No se gaste- oigo que dicen a mis espaldas.
Volteo. Es Tancredo, el linyera. No me cuesta reconocerlo porque está como siempre: con su campera, su eterno pulóver y sus bolsas. Me pregunto si nunca tiene calor.
-No se gaste- repite-. No se ve nada.
-Acá jugábamos cuando llovía.
-Ya sé. Yo pasaba las noches.
Ahora debe haberse encontrado algún otro lugar, como todos.
-¿Sabe que recién ahora me pregunto de quién es este galpón? Pasaba y me dio curiosidad. Por el candado; nunca estuvo ¿no sabe quién lo puso?
-Uno que ya no quiere que nadie entre. O que nada salga- dice, enigmático, y sonríe dejando ver los pocos dientes que le quedan.
-Claro, pero quién- le digo, desestimando su tono misterioso.
-Ah, eso, m’hijo, no se lo puedo asegurar...pregunte a quien le pueda informar, que para eso vino.
-Estaba de paso- le digo.
-Por eso mismo, no sea que pierda la oportunidad.
Esta vez, además de sonreír, abre muy grande los ojos. Me sorprende, porque no recordaba que fueran tan claros. ¿Por qué nunca me di cuenta de que eran como los de Lidia?
Tancredo tiene una edad indefinida: cuarenta y cinco, sesenta, cien. Es de esa gente que uno siempre cree haber visto igual. De chicos solíamos molestarlo; le gritábamos cosas y él nos corría. Era como un juego, no había mala intención. Si lo encontrábamos, andando solos, lo saludábamos y él hacía siempre el mismo gesto: la venia militar. En el barrio siempre se dijo que se había ido a la calle después de matar a la novia, que parece que lo engañaba con un vecino rico; otros decían que en realidad había sido sargento del ejército cuando el golpe del setenta y seis y que se había retirado, silencioso, para no ver lo que sabía que iba a ver; no faltaba quien dijera que era un pobre loco que nunca tuvo a nadie. Todas las versiones, aunque ninguna dejaba de ser bastante vulgar, podían ser reales Era lo que menos importaba, nadie se las tomaba muy en serio, no era más que una manera de llenar un vacío. Los vacíos se llenan con relatos. Tancredo había llegado de otra parte y siempre fue linyera. Cuando era chico yo me preguntaba si no era posible que su padre hubiera sido linyera como él, si no era posible tener un árbol genealógico de crotos. Un amigo me dijo que eso era muy tonto y entonces me pregunté si no se habría hecho linyera a causa de ese nombre horrible. Pero en esa época yo me hacía muchas preguntas que quedaban sin respuestas, porque nunca se las hacía a quien pudiera respondérmelas.
Por qué Lidia quería irse de su casa y por qué nunca se iba, por ejemplo.

2 comentarios:

Mariano dijo...

Hola profe, bueno.. ex profe. Soy Mariano Masci. Muy buen comienzo para la novela!..
Le cuento: tengo un blog de cine. Si le interesa, este es el site:
www.marianotodooscars.blogspot.com
Desde ya, muchos saludos.
Y felicitaciones por el blog!

melina sanchez dijo...

Siempre q leo busco lugares, personajes… conocidos… cuando leí esta vez tu trabajo, encontré eso más que otras veces. Estaba el barrio de pcia., que creí que habías olvidado por la ciudad; el primer asalto; el linyera; y hasta “nosotros/ellos”, tus alumnos, que siempre, de todas maneras, intento encontrar en tus textos… en los gestos, en las vivencias de alguno de tus personajes ( Humberto se llamaba uno de ellos, no? )… esta vez estaban ahí concretamente. Aparecerán el colegio, alguna guitarra, el patio de la parroquia? … bueno, no es q me haya vuelto católica otra vez, me dio un poco de nostalgia nomás, y por un momento me pareció estar “en el radio de trujuí”.
Tengo ganas de leer más.
Un abrazo.
Te dejo el link donde intento asesinar a mis fantasmas.
http://elmundoessanchezyajeno.blogspot.com/
Melina