23 de agosto de 2016

De pronto el sol ardiente










De pronto el sol ardiente
se vela hasta perderse
y el mundo es un silencio
que un estruendo casca
y se desprende
como un diálogo de miles
la lluvia
              y cae
encima de los techos
fresca hoguera
donde enero se consume

Salen los sapos
y preparas, madre
friendo en tu sartén
que suena a chaparrón
la eucaristía

Sentémonos bajo el alero
donde la tarde se fríe
con padre ausente
desde hace cuánto
de este enjambre luminoso

20 de agosto de 2016

Nave nodriza



Llovía mucho y nos pusimos a jugar con las sillas. Los días de lluvia no podíamos salir de casa y sin embargo salir habría sido tan lindo. Pero era imposible. El patio se llenaba de charcos y a mamá le daban miedo las gripes que flotaban en el aire, pero más sobre las aguas, como dios en el principio. Siempre estaban ahí las gripes plurales dando vueltas. Dios no.
En días así nos poníamos a jugar a lo que fuera, a imaginar que el suelo era un mar lleno de islas de zapatillas tiradas y almohadones y había que, a los saltos, evitar el agua y a los tiburones; inventábamos que bajo las cobijas volvíamos a la panza de mamá y que allí profetizábamos lo que íbamos a ser de grandes, aplaudiendo cuando mamá comía cosas ricas y sintiéndonos llevados por ella cuando iba en colectivo. En la panza de mamá no había nada para sentarse, pero se estaba tan bien.
Esa tormenta de finales del invierno nos tenía acomodando sillas delante del ventanal, equipando el tablero de la nave. Era enorme el ventanal y daba al frente, al patio delantero y a la calle de tierra detrás de la que se estiraba un baldío gigantesco como un campo, hasta el horizonte más negro que todo lo demás, de donde la tormenta seguía llegando y llegando. Mi hermano sostenía la bolsa de los juguetes rotos, e iba sacando de ahí los controles. Los botones de colores, las señales luminosas, las palancas y el timón iban tomando su lugar sobre las sillas en semicírculo. Era enorme el tablero de la nave y más enorme el ventanal y la tormenta hasta la línea última del campo.
Mamá pasó y estaba triste. Le dije que no se preocupara, que iríamos al rescate, que teníamos ya la nave armada y que lo traeríamos en menos de lo que se dice vuelvan. No sé si ella escuchó, pero lo dije con los puños en la cintura, que es como un almirante espacial anuncia sus más valientes decisiones. Ella siguió de largo hacia la pieza. Le dije a mi hermano que había que salir cuanto antes, que dispusiera todo para el despegue. Era mi hermano menor y yo lo veía siempre como un ayudante. Porque yo soy el hombre de la casa, pensaba. Y eso me decía mi mamá muchas veces. Era el hombre pero a veces no sabía lo que implicaba ser eso, porque yo me veía chico. Pero cuando el hombre no está, vos ocupás su lugar. Es lindo, pensaba a veces, ser un hombre. A veces pensaba todo lo contrario.
Estamos listos, dijo mi hermano, y yo le dije perfecto. Mamá no salía de la pieza. Sabía que estaba triste porque el hombre de la casa no llegaba y aunque yo ocupara su lugar no era lo mismo. Eso me hacía sentir que algo de todo eso no eran más que palabras, que ella prefería al hombre de la casa de verdad y que lo mío era una simulación triste, de juguete, como nuestra nave. Igual, estaba genial la nave de sillas y juguetes rotos que habíamos construido; tenía todo lo que necesitábamos y si algo se nos había olvidado, no había problema, porque lo sacábamos de la bolsa de juguetes rotos y listo.
Salimos al espacio en el momento en que empezaron los relámpagos. Se había puesto muy negro el cielo y las luces intermitentes pretendían asustarnos. Le dije a mi hermano que se quedara tranquilo, la nave era buena y aguantaría cualquier clima. Pero yo tenía un poco de miedo, la verdad, porque esos flashes me dejaban secuelas en los ojos, como si todo quedara iluminado después. No iba a ser fácil ver bien. No importa, me dije, allá vamos.
Qué grande es el espacio en una nave como la nuestra, con ese ventanal al frente. No hay muchas cosas, lo que hay es espacio, pero igual es tan grande y las nubes son tan lindas que para mí resultaba una aventura. El campo ahí adelante, la lluvia cayendo, los charcos con sapitos que saltaban desde el agua. Y los relámpagos que venían mudos. Seguramente por eso, porque solamente había el ruido de la lluvia, pude escuchar el llanto de mamá, y fui a ver. Estaba en la pieza, sentada en la cama. No se tapaba la cara sino que parecía mirar nada hacia adelante; y lloraba. Las lágrimas le caían por la cara, los mocos se le agolpaban en la nariz. Lloraba mamá, como el día. Pero no teníamos una nave para salir a buscar adentro de mamá y además eso hubiera sido inútil, porque cuando estábamos en su panza todo era lindo.
Mamá, le dije, por qué llorás. Ella me dijo por nada hijo y siguió llorando.
Yo volví a la cabina porque no quería dejar a mi hermano solo con los controles tanto tiempo, al fin y al cabo yo era el capitán y tenía que supervisar todo. Y sí, también era el hombre de la casa, pero en ese momento ya me importaba menos, porque veía que no podía hacer mucho si mi mamá lloraba.
Vamos a buscarlo, le dije a mi hermano. Sí mi capitán, gritó él y yo le dije no exageres.
Era mejor dejarla a mamá que llorara a su antojo, porque cuando se ponía así no había manera de cambiarlo. Además lo hacía tranquila, sola en la pieza, mientras nosotros podíamos seguir jugando a lo que fuera. Claro que a mí me ponía un poco triste, pero qué le podía hacer. Mi lugar en la casa era un poco de mentira, aunque quisieran hacerme creer lo contrario. De todos modos estábamos ahí nomás, en el living, así que ella estaba protegida; por el ventanal se veía todo lo que pasaba en la vereda. Igual no pasaba nadie porque la lluvia a esa hora de la tarde era tan intensa que a quién se le ocurriría salir.
Nosotros seguíamos la búsqueda, pero nos dábamos cuenta de que era más difícil de lo que habíamos imaginado. Adónde lo íbamos a encontrar. Trabajaba muy lejos, y a veces, no sé por qué, llegaba muy tarde. Y siempre viajaba mucho. Pero él tenía que hacerlo en colectivo y no tenía una nave supersónica como la nuestra. Así que era una lástima depender del tren y del siete cuarenta que siempre andaba mal y repleto. La lluvia arreció. Era un estruendo que escondió un poco el llanto que mamá no escondía. Tal vez porque dejé de escucharla, volví a la pieza a ver cómo estaba. Fui tranquilo, porque le dije a mi hermano que activara los controles buscadores y pusiera el piloto automático, así era más cómodo.
Mamá se había quedado dormida y creo que recién entonces noté su panza. Claro, me dije, es el hermanito. Me puse mal porque recién entonces yo me acordé de que venía un hermanito y que el hombre de la casa decía a veces que cuando viene un bebé mamá se pone especialmente mal y llora y llora. A lo mejor era por el hermanito. Pero igual era tarde porque ya estaba oscureciendo y seguíamos los tres, bueno los cuatro, solos en la nave.
Volví y le dije a mi hermano sonamos, mamá se quedó dormida. Él abrió grande los ojos, y quién va a hacer la leche. Entonces entendí que yo sí podía ser el hombre de la casa, después de todo, así que le dije no te preocupes, para qué estoy yo.
Dejamos la cabina de la nave porque total estaba en piloto automático. Fuimos a la cocina. Hacía frío así que tuve que cerrar la puerta. Mi hermano me miraba con alguna desconfianza y yo trataba de actuar como si no pasara nada, con toda la seguridad que me daba ser el Capitán. Lo primero que hice fue encender la hornalla, y cuando el círculo se rodeó de lengüitas azules a mí me pareció que todas me felicitaban y me decían que lo más difícil ya había pasado. Saqué la leche de la heladera, llené la hervidora, prendí la otra hornalla y puse a calentar el café. Todos esos movimientos los hice con una seguridad que hasta a mí me sorprendió. Era evidente que mis poderes de Capitán me permitían hacer todo aquello sin mayor dificultad. El hombre de la casa no llegaba pero ahora yo sí que estaba ocupando su rol y lo desempeñaba como si fuera él, con esa misma confianza. Mi hermano me miraba, ahora sorprendido. Sus ojos a mis espaldas, mientras yo cortaba el pan, prendía la tercera hornalla y ponía la tostadora, me ponían un poco nervioso. Ve a mirar cómo está madre, le dije, así como en las series. Él hizo la venia y salió corriendo. Sí mi capitán, y yo pensé qué ganas de repetir eso.
Las tres hornallas estaba encendidas y su brillo me hacía pensar que yo estaba en otra nave, en un pequeño transbordador que me alejaba de la nave nodriza, porque evidentemente todo había sido una estrategia para proteger a mi hermano, a mi mamá y al hermanito, ahora lo entendía. El hombre de la casa había estado todo el tiempo en un asteroide cercano, y era mi enemigo jurado. Yo no podía arriesgar la vida de mis seres queridos y tenía que ir sólo a enfrentarlo. Mientras mi hermano conducía la nave nodriza, yo me embarcaba rumbo a la pelea decisiva.
Pero mi hermano volvió y dijo que mamá seguía durmiendo y preguntó si faltaba mucho para que estuviera la leche. Le dije que sacara la manteca de la heladera y que pusiera la mesa, y le advertí que no dijera sí mi capitán. Entonces tuve la idea más genial de todas, la que me confirmaba como un almirante digno de admiración. Vamos a tomar la leche a la cabina, dije, así controlaremos si viene o no.
Fuimos y nos sentamos frente al tablero. Sacamos el piloto automático y nos dispusimos a conducir la nave. Era una gran máquina, de manera que sólo hacía falta apretar unos botones de vez en cuando. Ya era casi de noche. El cielo seguía lluvioso y negro pero en el horizonte se advertía un resplandor naranja. Mañana va a salir el sol, dije. Tomamos la leche en silencio, comimos tostadas con manteca. Por la vereda ahora pasaban unos planetas y galaxias, lentos y majestuosos. Él no aparecía. No hablábamos, mi hermano y yo, mientras continuaba el viaje. Se me ocurrió que a lo mejor no lo encontrábamos, que no volvía nunca y que mi duelo con él se perdería para siempre. Pensé que tal vez sería lo mejor.
Mamá se levantó y vino a vernos. No dijo nada. Corrió algunos controles del tablero y se sentó. Se sirvió una tostada y se puso a mirar por el ventanal. Era noche plena.
¿Vos preparaste la leche?, me preguntó. Le dije que sí. Las tostadas están ricas, dijo, y sonrió. Mi hombrecito, agregó. Pero yo no hubiera querido escuchar que me llamaba así, porque sabía que eso la iba a hacer llorar; aunque quién sabe, a lo mejor era otra vez por el hermanito. Lagrimeó un poco y estuvo a punto de repetir aquellas palabras, pero yo la interrumpí. Le dije que más bien yo era como ella, que no quería ser el hombre de la casa, porque él no estaba nunca y además yo había preparado solo la merienda, así que ahora era más bien como mi mamá, porque cuidaba a mi hermano, la cuidaba a ella y también al hermanito que venía, aunque no siempre pensara en él.

No importa que ella no haya dicho nada, que se pusiera otra vez a mirar por el ventanal para ver si él venía o no. No vendría, yo estaba seguro. Y si lo hacía, no lo dejaríamos entrar a la nave nodriza. Después de todo, el capitán de esa nave era yo. 

16 de agosto de 2016

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville

Suelo pensar, cada vez con mayor insistencia, que, de todos los modos de resistencia posible, el de la resistencia pasiva es el más corrosivo. Se trata simplemente de devolver la “genitleza” del mundo que habitamos, creado absurdamente por el absurdo ser que somos, con todo lo que él mismo tiene de violento. Bartleby, el escribiente de Melville, pertenece a este tipo de sujeto que no sólo no colabora, sino que, en esa declinación aparentemente amable y hasta culposa, reparte agresividad a un lado y otro. Varias veces me pregunté por qué el narrador de este relato no golpea a su empleado. Yo lo habría hecho. Sin embargo, la genialidad del amanuense está en saber que su jefe, como representante acabado de este mundo feroz -que finge no serlo-, no se permitirá violar lo que su racionalidad proclama. El jefe defiende el orden en el que cree, cuida las fronteras que ese mismo orden ha fijado, para que nada de su naturaleza falaz se desborde dejando ver su rostro más real. Bartleby es un genio de la exasperación y eso lo convierte en una especie de héroe silencioso. No es absurda su conducta, sino verdadera. Quiero decir que hay más verdad en su acérrima negativa que en su inofensiva apariencia. En realidad, el escribiente es en sí mismo la prueba cabal de que todo aquello por lo que muchos han dado y dan la vida es un error. No es necesario hacer ninguna proclama, levantar ninguna bandera, realizar ninguna acción: sólo hace falta negarse a colaborar. Incluso su negativa machacona “Preferiría no hacerlo”, repetida hasta el hartazgo, es una obra maestra de la resistencia, porque no es sustractiva, no se escapa Bartleby de aquello que no hará, declara simplemente su elección, y si su jefe no lo insta con una orden directa del tipo “No me importa lo que prefiera usted, hágalo” es justamente porque si lo hiciera acabaría convirtiéndose en el monstruo que todos estamos siempre a punto de volvernos. Ese es el mundo donde vive Bartleby, un mundo de seres infinitamente violentos, infinitamente solos y absurdos. La nuestra no es una época menos feroz e insensata, es una época que ha disfrazado los actos más atroces con discursos de libertad, de igualdad, de amor por la vida, y que se complace en obsequiar muerte a todo lo que se le oponga; pero tal vez nos queda la prerrogativa del amanuense de Melville, la del que no se enfrenta, sino que elige, bajo todo punto de vista, no colaborar. Siento al desdichado Bartleby como el ejemplo acabado de una inacción hiperconsciente y destructora. Tal vez sea la inacción lo que necesita el mundo para finalmente derrumbarse. Y si alguien piensa que la muerte final del escribiente es un juicio del propio Melville sobre su personaje, sólo cabría recordar que la muerte de Bartleby no es menos muerte que la de cualquiera de nosotros, no menos fatal, no menos solitaria.

10 de agosto de 2016

Las horas del día

Marzo, la calle

Todo canta esta mañana, no sólo los zorzales: los techos, los cables con rocío, las hojas amarillas lloviendo en la vereda. El otoño es la estación de los comienzos. Él camina hasta la casa de ella; pasa a buscarla y sabe de antemano que llegarán tarde adonde vayan; los besos adelantan los relojes. Necesita un mundo grande para caber en él los dos. Un mundo joven y veloz, como sus pasos por las calles. Tibio, como la boca que lo espera. Cuando la ve, la toma de la mano. Inician todo, como el sol. Aunque en el cielo éste de marzo no falten nubarrones, el rostro claro y los ojos de la amada sostendrán la luz para los días venideros. Así lo siente, así lo ve. Lo oye en la canción del día.



Julio, la casa


El mediodía es siempre un tiempo doloroso. El ojo de la tormenta de las horas. Hiere el sol, aunque es invierno, como la claridad duele cuando de golpe viene. Es cruel la madurez en la estación del frío. Tienen ahora la edad de sus padres, y los hijos se han marchado hacia alguna primavera. La casa, más vacía, arde con la ausencia de los ruidos. Están unidos, ellos, pese a todo, por la juntura entre la tarde y la mañana; un borde escuálido que asusta, el mediodía; filoso como las palabras con las que saben cortarse mutuamente. Pero aquí están, en la altura de las doce, atascados; equilibristas curtidos, pese al riesgo. Que empiece la tarde segura; que eche a rodar el mundo por la cuesta, que vuelva el movimiento. Que los saque del cenit y que los lleve.



Noviembre, un lago


Se ha puesto rosa el aire,como la piel de las muñecas. Las cosas del mundo abandonan la estridencia de la luz para el murmullo de las sombras: cuando todo se recoge, la primavera muestra su espalda de otoño. El sol se está ocultando y lo despide con la serenidad de los que despidieron las pasiones. Tiene a su hombre al lado; ella comprende que él se parece a la hierba, y sobre él reposa, sobre el sustrato de su cuerpo avejentado. Los años que vivieron no volverán ni los añora, sino sólo este presente de crepúsculo, en el que un hombro se dona para el reposo de otra frente. Son esas canas una hierba que declina, en esta primavera, en esta tarde.



Enero, el patio


El follaje espeso y negro, mecido por la brisa del verano, pone en el cielo la luna como un huevo. Hay un olor vital que se respira, un perfume de historia culminante. Se fue el sol hace tres horas y tres meses atrás se fue uno de ellos. En la silla de jardín, frente al follaje oscuro, frente al cielo con estrellas y el embrión lunar, piensa en el vacío de uno menos, en el fruto que el verano descolgó del mundo. Entre el canto de los grillos, y el canto de los gallos.



5 de agosto de 2016

Tommy


Después de aquello, consiguieron pronto un perro. 
No habrían usado la palabra urgencia, pero ciertamente, en menos de una semana un hermoso cachorro llegó a la casa. ¿Qué podían saber de perros, de razas y todo eso? Digamos que lo vieron bastante grande y simpático y que lo llamaron Tomy. El nombre lo eligió Marina, dijo que siempre le había gustado y que si habían tomado la decisión de criarlo, lo mejor era darle un lindo nombre de persona, lo suficientemente versátil como para poder aplicarlo a un animal sin que resultara grosero. Digamos también que Hernán no se opuso, y que aún le pareció apropiado; aunque, por determinados gestos que Marina no registró, no estaba claro si estaba contento por Tomy o por ella.
Ocurre que los cachorros perrunos son como los de cualquier otra especie: hay que enseñarles todo y eso significa tener que soportar mi inconveniencias: cuidar que no dejen sus caquitas por cualquier lado, ni que derramen su pis en los rincones... Pero además había que atender otras cosas: levantar del suelo los objetos pequeños, a fin de que no se atragante con nada; enseñarle a tomar su leche en horarios fijos; darle sus vacunas; llevarlo al veterinario periódicamente, para que lo controle; enseñarle que debe aceptar su baño diario y que no debe salpicar el agua en todas direcciones.
Aunque lo pensó desde el primer momento, Marina tardó tres meses y medio en decirlo y unos pocos días más  en creerlo:
-Es como un bebé.
A esos mil cuidados se entregó con total solicitud. Siempre había sido una mujer dócil. Hernán lo sabía bien, porque ella nunca lo había contradicho. Así que cuando él volvía por las noches y la veía sonriendo, escuchaba con paciencia el relato de las mil diabluras de Tomy y se sentía satisfecho y tranquilo, sobre todo. A su manera, la quería, le daba tiempo y la esperaba. Por el momento era lógico que no quisiera tener sexo.
El trabajo de Hernán hacía que tuviera que ausentarse prácticamente el día entero, y  no dejaba de felicitarse por la presencia de Tomy en la casa. Marina apenas tenía que extrañarlo, y pasaba el día contenta. Sin embargo se ponía ansiosa antes de su llegada, porque tenía  tantas cosas de Tomy que contarle, que no sabía por dónde empezar. Un estado de nerviosismo, eso era todo, aparte del temor imperceptible –por arraigado- de no desagradarlo.
-¿No te canso con tanta anécdota?- le preguntaba a veces.
Él solía sonreír secamente y le respondía que de ningún modo, que estaba feliz de verla tan bien. 
En el fondo, oír hablar mil veces de las travesuras de Tomy no era tan malo; incluso el perro estaba muy bien. De haberlo pensado antes, se habría ahorrado inconvenientes. Por suerte Marina no le había puesto más objeciones que su eterno llanto silencioso. Y todo había marchado. Hoy lamentaba no haber pensado en un cachorro desde el principio.  Traían sus molestias, pero no había comparación. Y además a Marina le venía de maravillas; a veces las mujeres se vuelven demasiado sensibles, pensaba, sobre todo después de haber tenido que aceptar decisiones importantes, que no se pueden postergar; y si después tienen que pasar muchas horas del día solas, todo empeora. Era bueno que se entretuviera con una mascota. También era bueno que él estuviera allí para decirle qué era lo mejor para todos. El perro la mantendría distraída y no habría que oír reproches de ninguna índole.  Eso a él le parecía lo mejor.  Las mujeres solas piensan demasiado y nunca se sabe con qué van a salir. 
Hernán siempre había tomado todas las decisiones y quería que las cosas siguieran así.
Gracias a los cuidados de Marina –que afortunadamente cada vez lloraba con menos frecuencia- Tomy se convirtió en una mascota de lo más obediente.  Incluso había aprendido a hacer sencillos trucos que ella le había enseñado y que Hernán festejaba sin reparos cuando lo veía saltando y revolcándose bajo el árbol sin fruto del fondo. Se divertían los tres.
-Está enorme- solía decir ella.
-Enorme. Gordo como un lechón- acotaba él.
-Y eso que hace ejercicio- aclaraba Marina, nerviosa, con miedo de que él viera en la gordura de Tomy una negligencia suya.
-Últimamente anda mucho por la calle- dijo Hernán un día, en un tono neutro-. No es raro que coma porquerías.
Ella temió que él estuviera enojado, pero como después de hacer el comentario le sonrió y la abrazó, se quedó más tranquila.
Dos días más tarde, al volver del trabajo, Hernán vio a Tomy recostado junto a la puerta, hinchado como una matambre recién hervido. Le hizo una caricia indiferente y entró.  Marina estaba en el cuarto, sentada en la cama. Había vuelto a llorar.
Cuando Hernán se dio cuenta, estuvo a punto de hacerle un gesto, pero no tuvo tiempo. O sí; no tuvo tiempo de hacer el gesto que quería, porque debió cambiarlo por otro, de sorpresa, que no esperaba. Marina se había levantado apenas verlo entrar y ya lo abrazaba con desesperación y largaba un copioso llanto.
-Amor- se ahogaba-.¡Amor!
Hernán estuvo a punto de asustarse, pero prefirió escuchar.
-No puede ser, amor; no puede ser. ¡Es injusto que me pase esto!
-A ver, Marina; de qué me hablás- dijo él temiendo que a fin de cuentas el perro no hubiera sido suficiente.
-¡Tomy!- dijo ella; y se apartó de él.  Con la mano sobre la boca y con los ojos rojos, tomó un respiro.
Ambos lo hicieron.
-Sí, qué. Lo vi. Está lo más bien.
-No. ¡Tomy no es Tomy!
Él, ya de mejor humor, pensó que si se comparaba el paquete sin forma que descansaba junto a la puerta con el cachorro esbelto que habían traído unos meses atrás, Marina tenía razón. Pero ella se refería a otra cosa.
-¿No?- le preguntó, sólo para darle pie a soltar lo que se tenía guardado.
-No...¡Es Tamy! ¡Tamy! ¿te das cuenta?
Hay que decir que, por fortuna, el estallido de lágrimas de Marina le dio tiempo para pensar en aquello.
La cosa era simple. Parece que Tomy había resultado ser una simpática perrita, y que debía su fantástica gordura a una preñez puntual como la primavera de ese año. Ella lo (la) había llevado al veterinario y el profesional no había dejado lugar a dudas. Preñada y rozagante y casi a punto. Ocurre; probablemente nadie supuso que se podía confundir así el sexo de un animal y nunca hubo necesidad de aclarar nada.   Por supuesto, Marina se lo había tomado muy mal.
Hernán se culpó en silencio por lo inoportuno del error.
Pasaron algunos días durante los que no hablaron del asunto. Marina tenía miedo de lo que él diría. Hernán, francamente, no tenía dada que decir, porque ya había tomado una decisión; había una diferencia con aquello otro, desde luego; de hecho, sería más simple; pero había que arreglar las cosas otra vez.  Después la castraría.
Tamy –así empezaron a llamarla- no parecía darse mucha cuenta de lo que se cocinaba; o quizá sí; quizá de algún modo, como Marina, sabía que ya había una decisión tomada y que no podía elegir.
En general las cosas volvieron a su cauce normal y hasta recibió una cinta rosa igual a las que usaba Marina en el pelo.
La perra engordaba cada día más y Hernán la miraba, inexpresivo.  Su mujer prefería hacer algo para llamar su atención y olvidar un poco a Tamy, pero era inútil y el silencio que mantenía, aunque doloroso, parecía inviolable.
Pero finalmente tuvo un momento de audacia, un instante de decisión: habló con Hernán y le dijo que el veterinario era muy amable, que se sentía muy avergonzado por el malentendido y que hasta se había ofrecido a darles una mano cuando llegara el momento. 
-Me dijo que nunca falta gente que quiere cachorritos.
Ese día Hernán estaba de mal humor y le contestó que lo mejor sería que no hablara tanto con ese medicucho –así lo llamó- que no había hecho bien su trabajo y que seguramente sólo estaba queriendo coquetear con ella. Además, él se haría cargo del problema.
-Como siempre- dijo.
Marina no volvió a hablar. Pero todo el tiempo tuvo en la cabeza lo que la perra, cuando era perro, le había hecho dejar a un lado. No le quedó más que rogar  que todo ocurriese cuando él estuviera ausente.
Pero él nunca había estado ausente en los momentos decisivos, y Tamy buscó un rincón del galpón un sábado por la mañana.
Mientras desayunaban, ella temblaba a causa de los nervios. Él fue muy conciso.
-Va a tenerlos- dijo.
Después de eso Marina prefirió  llorar.  El llanto la ayudaba con la sensación de vacío físico que ahora había vuelto.
Hernán buscó un balde y una bolsa de tela de buen tamaño que se echó al hombro.  Llenó el recipiente con agua y, pasándolo de una mano a otra para evitar el cansancio, se encaminó al galpón.
            Marina se encerró en el cuarto y puso música para no oír lo que de todos modos no oiría; y mientras él estaba en el galpón, se decía una y otra vez que los cachorros no son como los bebés, que no podían ser como los bebés.  No. Definitivamente.

Siguió diciéndoselo hasta que ya no hubo necesidad.

14 de junio de 2016

30 años de la muerte de Jorge Luis Borges

Nunca dejó de llamarme la atención que Borges se muriera un día después del día del escritor. Mucho más cuando el 13 de junio se recuerda el nacimiento de Leopoldo Lugones, ese escritor al que Borges hostigó, con verdadera pasión, hasta destronarlo para ocupar ese lugar vacante. O acaso no fueron tan así las cosas. Lugones se había convertido en un escritor institucional, una figura que llenaba teatros, que pontificaba acerca de lo que era bueno o malo en literatura, de lo que era bueno o malo en política, de lo que era bueno o malo. La supuesta institucionalidad de Borges me parece menos evidente. ¿Qué importa que su nombre haya quedado unido al orgullo berreta del argentino medio, inculto por definición? ¿Qué importa que ese mismo nombre haya eclipsado el de otros grandes escritores del siglo XX argentino? ¿Qué importa que haya servido para que escritores sin talento devengan apologistas y virtuales directores de Bibliotecas Nacionales? ¿Qué importa que durante sus últimos años haya abusado con alguna irresponsabilidad, como un chico encandilado, de las entrevistas y las declaraciones? Nos quedan sus libros. Los libros de Borges son hoy, pienso, más que nunca un tesoro para los que leemos literatura, argentina y de cualquier otro lado. Su “erudición” proverbial, su precisión conceptual, su léxico de arcaísmos remozados, su rechazo del realismo, su internacionalismo, su argentinidad, su sarcasmo, sus arideces, son hoy más valiosos que en otras épocas. Entrar a Borges requiere un esfuerzo, una predisposición a sortear dificultades, una atención de otros tiempos, una aceptación de la relectura como consecuencia natural de toda lectura literaria. Azarosa o enfáticamente, la literatura de Lugones fue funcional al poder de turno. No así la de Borges, que sigue escapándosele a mucha gente, mentores de su nombre pero jamás lectores de sus libros. Yo, que he pregonado la “facilidad” de leer sus cuentos, sus ensayos, que he elogiado su claridad, su irrenunciable voluntad de no confundir al lector, hoy prefiero rescatar su pedantería, su dificultad, su enciclopedismo, sus extemporáneas pasiones filosóficas, su universo cerrado, que obliga a leer más Borges para entender a Borges. No sé. Hoy se cumplen 30 años de su muerte. Habrá homenajes, exposiciones, recordatorios de todo tipo. La escritura de Borges, sin embargo, nunca será para todos. Me gusta eso.