31 de enero de 2009

Jazz









Llegamos más o menos temprano. Elisa llevaba puesto un vestido bastante llamativo que a mí me gustaba mucho. Yo también estaba bien vestido. En realidad no sé bien por qué habíamos insistido en vestirnos así, pero toda la tarde estuvimos como locos probándonos cosas, a cual más estrafalaria, para sentirnos a gusto. El portero nos miró como si fuéramos gente famosa. Subimos en silencio. La puerta del departamento tenía el veintidós de bronce bien lustrado. Tocamos el timbre y nos abrió Lucas. Hacía un tiempo que no nos veíamos, a decir verdad. Pero cuando lo vi sentí como un golpe. A lo mejor fue una sensación que nos dio a los tres, pero Elisa la disimuló perfecto y creo que yo también. Lucas tenía una sonrisa perfecta, muy practicada. Yo pensaba que pasaríamos una noche divertida y que no había que demorarse demasiado en conversaciones previas. Lo mejor, sin duda, sería salir al rato, cosa de aprovechar la noche. Apenas entramos me di cuenta de que habían pintado recientemente el departamento. La última vez estaba amarillo y ahora todo lo envolvía un salmón furioso.
-Siéntense, nomás, Laura ya viene. Se está terminando de arreglar.
-Mujeres- dijo Elisa.
Yo no recordaba que el departamento fuera tan grande. De hecho me decía que el color salmón debía de darle una sensación de estrechez que no se correspondía con lo que veía ahora. Parece que Lucas advirtió mi desconcierto.
-Parece más grande, ¿no? Cambiamos las cosas de lugar, tiramos algunas viejas y compramos otras...más comodidad.
Era cierto. El sillón en el que nos invitó a sentarnos era realmente grande y bastante lujoso. Me pregunté por qué en casa no teníamos uno así.
Sobre la mesita ratona había unas copas y champaña en una hielera. Pensé que era una exageración, un derroche, una escenografía. Después me di cuenta de que no estaba tan equivocado.
-Tarda Laura- dije-. ¿Y los chicos?
-¿Y los suyos?- preguntó maliciosamente Lucas.
-La niñera que nos recomendaron es buenísima- dijo Elisa-. Ya la llamamos un par de veces y resultó de maravilla: responsable y encantadora.
Me miró.
-Un poco demasiado encantadora- agregó.
Yo me reí porque sabía lo que quería decirme. Bueno, hace quince años que estamos casados.
-Ah, no vale así. Nos sacan la niñera y tenemos que ubicar a los chicos dónde.
Miré de reojo el balcón terraza a oscuras. Mi memoria lo recordaba sin esfuerzo. De hecho, era lo que más recordaba de ese departamento. El aire que corre ahí es de lo más refrescante. Laura tardaba.
-Pongo un poco de música- dijo Lucas.
-Dale- dijo Elisa, estirando las vocales más de lo pertinente.
Lucas sonrió y la miró a los ojos. Yo sugerí algo que ya había visto la otra vez y que no habíamos escuchado entonces. Si Laura seguía tardando íbamos a salir a cualquier hora. Y si además teníamos que hacernos tiempo para brindar y esas cosas, al final íbamos a terminar quedándonos, como la vez pasada. Yo no estaba seguro de querer quedarme. Elisa me había dicho que tampoco. Me pareció sincera.
Apenas comenzaron a sonar los primeros compases de la música, como si hubiera sido premeditado, apareció Laura. Estaba tan espléndida como la recordaba. Llevaba puesto un vestidito de locura. Elisa se dio cuenta enseguida.
-Siempre infartante, vos- le dijo.
Ella contestó posando como una modelo y riendo y saludando a Elisa con un beso algo prolongado.
-¿Para mí no hay?- dije.
-Qué celoso –dijo Laura-. También hay.
Lucas revisaba los compactos con ojo experto, armando y desarmando pilitas de discos. A este ritmo, no nos íbamos a ir más.
Después de saludarme, Laura se acercó a Lucas.
-Y para mi bebé, el más rico de todos... si no sí que se va a poner celoso.
Lo besó profundamente y después fue a sentarse en uno de los sillones, justo de espaldas a la puerta-balcón.
-¿Brindamos?- sugirió Lucas.
Destapó la champaña con absoluta pericia y refinamiento. Sirvió cada copa y las repartió.
-¿Por...?- preguntó Elisa.
-Por el reencuentro- dijo Lucas sin vacilar.
Brindamos. La bebida era excelente.
La música comenzó a sonar e inundó toda la estancia con su ritmo embriagante. Jazz. Sabía que a Lucas lo volvía loco. También a Elisa. Yo prefería algo un poco menos elaborado. Laura quizá también. Pero todo marchaba de maravillas. Recordé un poco la vez pasada y me sentí raro. Quería irme. Salir como lo habíamos programado. Así que dije algo como para empezar a sacar el tema.
-La chica que nos recomendaron es bárbara. Llegó puntual. Los chicos ya la conocen y la quieren un montón. A veces nos da un poco de celos, ¿no, Eli?
Elisa me miró como reprobándome. Se notaba que no quería ponerse a hablar de eso. Tal vez ya había cambiado de opinión. Quizá era el Jazz. Lucas sabía lo que hacía.
Laura agregó vagamente algo así como a que ellos les había costado ubicar a los chicos. Lucas la miró con cierta aprensión, también.
Brindamos otra vez, ahora por la noche.
No sé por qué yo me había puesto a pensar en los chicos. Miré distraídamente hacia la puerta del cuarto. Estaba cerrada. La vez pasada no. Recuerdo que a través de ella podían verse, aunque el cuarto estaba oscuro, las camitas alineadas y algunos peluches desperdigados aquí y allá. Los chicos de Lucas eran encantadores. Algunas veces habíamos salido juntos, quiero decir en plan familiar. Los nuestros jugaban con los suyos y mientras tanto nosotros hablábamos de cosas triviales, el trabajo, la política, los problemas de la crianza y esas cosas. Recuerdo que en esas ocasiones éramos diferentes. Es decir, no estábamos como ahora. Creo que la última vez que estuvimos aquí todo cambió. De repente ya no nos comportábamos como solíamos. Con Elisa llevamos quince años de casados. Ellos también, más o menos.
-Chicos- dijo de pronto Laura-, el lugar adonde vamos a cenar es maravilloso, ya van a ver.
Nos llamaba chicos. No me siento viejo, pero a veces ese apelativo me suena ya un poco fuera de lugar. Elisa no parecía pensar igual, o si lo hacía no lo demostró.
-¿Y hasta qué hora está abierto?- pregunté yo.
-Hasta cualquier hora, no te hagas problema por eso- dijo Lucas-. Es más, como no creo que salgamos ya, más vale picar algo. ¿Traés algún tentempié, preciosa?
Laura sonrió y dijo que tenía algo especialmente preparado para la ocasión. Yo sabía que algo así podía pasar. Aunque no sé por qué algo me estaba haciendo cambiar de opinión. Quiero decir, de repente no me importaba demasiado demorar en salir. Y hasta creo que quedarme me había venido bien.
Laura volvió de la cocina con unas bandejas en las que había preparado unos canapés bastante exóticos. Yo la conozco y sé que eran de los que ella llama afrodisíacos. Cuando tengo canapés a la mano, sinceramente, nunca me pongo a considerar si son afrodisíacos o no. En mi opinión todas esas cosas no son más que tonterías. Cualquier cosa que tenga un sabor extraño y lo suficientemente fuerte resulta ser “afrodisíaco”.
Puso las bandejas sobre la mesita y volvió a la cocina. Lucas miraba la ciudad iluminada parado frente al balcón.
-Eli, corazón, ¿me das una mano con esto?- se escuchó la voz de Laura desde la cocina.
-Voy- dijo Elisa y me miró. Sí, parecía haber cambiado de opinión.
Yo me paré y me acerqué a Lucas, con la copa en la mano. Volví a mirar hacia la puerta del cuarto de los chicos. Pensé por un momento en los nuestros, que estarían a estas horas dormidos como angelitos mientras la niñera estaría recostada en el sofá mirando televisión.
-Hermosa noche- comentó Lucas.
-Hermosa- confirmé.
-Y la música le da otra vida, ¿viste?. Es maravillosa. Esta es la única música que produjo la ciudad.
Le dije que no se olvidara del rock y me miró con cierta expresión de decepción.
-Sí- agregó-, también.
Habíamos tenido muchas veces largas discusiones sobre música. Nada agresivo, se entiende. A mí el Jazz me parecía genial, pero no dejaba de escuchar mucho rock, como cuando era más joven. Lucas en eso cambió un poco. En otras cosas también. Todos, creo, un poco.
Laura y Elisa volvieron finalmente de la cocina, tomadas de la cintura y con una botella de vino cada una. No me pareció que Laura hubiera necesitado ayuda.
Volvimos a sentarnos en torno a la mesita con los canapés y abrimos una botella. Ya no quedaba champaña. Nos ocupamos de los canapés y del vino y hablamos de cosas sin mayor importancia. Lucas comentó algo sobre el libro que estaba leyendo. Yo hacía rato que no leía ningún libro, así que no hice comentarios y me limité a escuchar. Siempre viene bien. Elisa dijo que ese libro le había resultado aburrido, aunque no negaba que estuviera bien escrito y esas cosas. Laura y yo mirábamos y hacíamos alguna que otra acotación, más que nada para seguir ligados de algún modo a lo que se estaba diciendo. Entonces nos pusimos a hablar de cine y ahí sí la cosa se animó. A los cuatro nos encanta el cine. Creo que el cine es nuestro tema de conversación favorito. No importa cuánto Jazz ponga Lucas, siempre el cine nos hace volver un poco a nuestras vidas conocidas. A mí eso me da cierta seguridad. Creo que a los demás también. Pero era claro que esa vez, como aquella, el cine también quedaría de lado.
-Pongo otra cosa- dijo Elisa repentinamente. Se refería a la música. Ya habíamos dejado sobre la mesita tres botellas de vino y no quedaban canapés. Pero la puerta de los chicos seguía cerrada. Me di cuenta porque estaba empezando a hacer un poco de calor y yo sabía que, dejando esa puerta abierta, corría un aire muy fresco.
Elisa se levantó y cambió la música. Cambió de disco, quiero decir, la música en cierto modo era la misma, aunque esta vez tenía un poco más de ritmo. Un ritmo que invitaba a bailar. Yo ya estaba seguro de que no nos iríamos a ningún restaurante maravilloso que abre hasta cualquier hora.
Bailamos.
Laura había apagado las luces de arriba y había dejado encendidas dos lámparas de pie que le daban a la estancia un clima acogedor y sugerente a la vez. Quiero decir, cuando nos reuníamos con los chicos era acogedor. Pero ahora los chicos nuestros estaban seguramente durmiendo con la niñera, que era un primor, y los de Lucas y Laura estarían sabe dios dónde. La puerta estaba cerrada, así que no me interesaba preguntar.
El ambiente se estaba caldeando un poco, como cabe suponer. Eso, más el hecho de que íbamos por nuestra quinta botella y que en un momento determinado Laura había dejado de bailar conmigo y Elisa con Lucas y se habían puesto a bailar, como en el centro de una pista, juntas y abrazadas y meneándose completamente transformadas. No voy a decir que no me gustaba verlo. Lucas se veía más dominado, pero se notaba que estaba más que entusiasmado. La última vez había empezado igual, y siguió mejor, pero opino que no había sido nada comparado con lo que ésta prometía; no sabría decir por qué pensaba eso, pero así era.
Una hora más tarde ya habíamos perdido cualquier compostura. Después de que Laura se hubiera ocupado de Elisa y Elisa le hubiera devuelto el favor, Lucas salió con Eli al balcón, a jadear frente al panorama de la ciudad mientras la música sonaba enloquecida. Yo no quería ir al cuarto de Laura, porque no me inspiraba, al fin y al cabo tenemos uno bastante parecido. Tampoco me encontraba muy a gusto en el living. No sé por qué quise ir al cuarto de los chicos. Dirán que estoy loco, pero es exactamente lo que quería.
Pero Laura me dijo que no, que nos quedáramos sobre el sofá, que correría las cortinas del balcón y estaríamos más que tranquilos. Me pareció bien, al fin y al cabo no estaba en condiciones de negarme, ni tenía ganas de hacerlo.
Así que aquella noche acabó como ni yo ni Elisa habíamos querido, aunque no sé decir hasta qué punto no lo habíamos deseado.
La puerta del cuarto de los chicos permaneció cerrada todo el tiempo. Cuando nos fuimos estaba por amanecer. Al día siguiente sería sábado, así que tendríamos todo el fin de semana en familia para pensar en lo que habíamos hecho. No diré que me sentí demasiado culpable. Después de todo nuestros chicos se habían quedado con la niñera. Y me esforcé en pensar que los de ellos estaban el alguna parte muy lejos.

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