14 de octubre de 2014

Don Quijote de la Mancha

Estaba en cuarto año cuando la profesora nos avisó que leeríamos El Quijote. Recuerdo que en ese momento sólo pensé una cosa. Yo había leído una versión infantil, un libro grande y hermoso que mi papá me había comprado cuando era aún demasiado chico. A mi papá le gustaba imaginar que yo iba a ser alguien importante, y quien sabe por qué arrancó por ahí, acaso porque él era lector, acaso porque apenas había hecho la primaria, acaso porque luego se arrepentiría más de una vez de haberme regalado un libro y no una herramienta de albañilería. Lo cierto es que ese primer Quijote me lo leyó él mismo, en tardes de las que sólo me queda el ritmo impostado de su voz. Cuando la profesora nos dijo que lo leeríamos, me puse mal, porque recordé que ese libro de infancia ya no existía, porque yo mismo lo había ido rompiendo y usando sus páginas para hacer avioncitos que volaban tan bien que la mayoría se perdió en casas de vecinos. A los dieciséis ya no jugaba con avioncitos y la escuela me parecía aburrida pero importante. Le dije a mamá qué libro íbamos a leer y ella fue y lo compró. Me salió veinticinco pesos, me dijo, como si con eso yo debiera tener muy claro que había heho un enorme esfuerzo. Tal vez fue la culpa, no sé, pero me puse a leer el Quijote con desmedido amor. Tardé dos años en hacerlo. Cada tantas páginas lo “cortaba” con otros libros; a veces lo continuaba después de seis o siete libros más. Leí hasta la más pequeña nota, porque el bueno de Riquer había hecho tanto esfuerzo como mi mamá, él para anotarlo. Cuando por fin lo terminé, hacía unos meses que trabajaba en la biblioteca de la escuela. Lloré. Siempre digo, en broma, que era porque al fin lo había terminado. Pero mentía. Lloré porque me había enamorado de Don Quijote y no quería que se muriera, y porque además Sancho lo quería tanto. Después volví a leerlo por partes, muchas veces. Como profesor, lo dí. El Quijote es de esos libros de los que uno siempre puede hablar. Lo tengo ahora delante de mí. El mismo de hace tanto. Pesa, porque es gordo. Pero igual lo siento liviano como un avioncito de papel.

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