28 de mayo de 2010

Reseña de Soltar amarras en ¿Te acuerdas de aquel día?

jueves 20 de mayo de 2010


El hallazgo: Soltar amarras, de Ariel Pavón
Por Pilar Medina



Del descubrimiento de una joya literaria que no se escribió para ser descubierta, para ser popular, ni tampoco un éxito de ventas. De un libro que se escribió en la respetuosa intimidad del talento y que, por accidente, fue hallado por mí.

Fue por casualidad. ¿De qué otra forma pudo haber sucedido? Ese libro pequeño, blanco, modesto estaba apoyado ahí sobre la barra al igual que yo, a la espera de un café. Y ese título, de fuerza verbal liberadora, con suave sopapo me obligó a reparar en él y a querer abrirlo. El dueño me dijo que era la primera novela publicada por un amigo. Que era una obra fabulosa a su entender pero que, bueno, él por ser amigo quizá no podía ser muy objetivo. Me recalcó que no era fácil de conseguir porque la tirada editorial había sido de pocos ejemplares, la publicidad casi nula, y además que se vendía sólo en dos librerías: Prometeo y Hernández, me aclaró. Le pedí permiso para hojearlo y, con sólo leer los cuatro primeros renglones cambié mis planes y, supe que, terminada mi lágrima, iría directo a la calle Corrientes para comprar mi propio ejemplar.


Podría desviarme aquí un poco y decir que pocas cosas son más subjetivas en la vida que la relación entre un lector y un libro. Un mismo libro tiene tantas lecturas posibles como ojos los inquieran. Pero, no, me iría totalmente de tema y lo que prometo es una reseña...


Soltar amarras, ópera prima del escritor Ariel Pavón, es una novela que en realidad no es novela, o sí. El autor juega con tres relatos que tienen tanta relación entre ellos como el lector pueda o quiera establecerla. Las tres narraciones que conforman esta obra son: “El nudo”, “Las manos” y “La soga” que, coronadas con el título de la obra, sugieren una posible relación entre ellas, sin jamás explicitarla.


“El nudo” cuenta una o más historias de la infancia, narradas en una entrañable primera persona que regresa al lugar que lo vio crecer. Una infancia que conmueve y que desilusiona por dejar de ser ese mundo gigante que se recordaba. Viejos olores y sabores; y también paisajes; y también personas. Una infancia que se quiere retener pero que, a la vez, es necesario revisar para poder empezar el proceso de largarla y soltar así las amarras tan fuertemente anudadas.


“Las manos” está relatado en tercera persona y desde un punto de vista absolutamente femenino, lo que representa un verdadero mérito por parte del autor. La visión mujeril está ahí, sensible, incomprensible, incoherente y contradictoria. Es la historia de Eva, una chica que huye en micro de una infancia turbia y un pasado negado que la oprimen y la paralizan. Y el sólo hecho de socializar con Dana -una perfecta desconocida a quien decide seguir impulsivamente donde fuera que ésta se bajara- va a ser, al fin y al cabo, lo que la ayude a salir de su encierro emocional, a encontrar el bálsamo afectivo que necesita para mirar esa foto que tanto le duele y que carga como único bártulo, pesado hasta el anclaje, en su mochila de tela.

“Las manos” es quizás, de los tres, el relato de mayor crisis. Donde esas amarras tanto tiempo apretadas, por empezarse a soltar ahora, comienzan a doler y a doler en serio. Y, probablemente, pase mucho tiempo hasta que éstas pierdan sus marcas para pasar a ser, de nuevo, simplemente “sogas.”


“La soga” es eso: la liberación, la ligereza y el movimiento; eso que fluye entre un montón de personajes reunidos en una bulliciosa estación de tren. La vida en su sentido más dinámico, más esperanzador. La vida del viajante incansable; de aquéllos que no dejan de andar. Narra la historia de dos jóvenes que caminan hacia un objetivo claro. El autor nunca nos dirá sus nombres, sino sus rasgos destacables para que nosotros vayamos dibujándolos: “el que hablaba más rápido” tal cosa, “el que cargaba ahora el bolso” tal otra. Y así va esbozando un paisaje sanador, esperanzador. Porque estos muchachos no se detienen. Si lo hacen es sólo para recargar energías y seguir andando. Ya no hacia el pasado, sino hacia delante. Y no es que estos personajes vayan camino hacia un final feliz –en absoluto- sino que descubrieron que lo que hace feliz es andar, y nunca detenerse, independientemente de lo que se pierda en el camino, lo que haya caído o lo que nunca se haya tenido. Andando. Eso que sólo puede hacerse si no se está amarrado.


Soltar amarras es un libro para disfrutar, para saborear. Su prosa es exquisitamente prolija y adecuada. Su ritmo y su cadencia van cambiando y ajustándose a lo que cuenta cada relato. Es un libro de mucha musicalidad fonética. Y cada ritmo, cada coma y cada pausa son fieles a lo que se narra. Rico en vocabulario, cada palabra parece haber sido sesudamente seleccionada, imitando el trabajo de un talentoso y aplicado artesano.


Este libro es un doble hallazgo: primero, porque somos pocos los que sabemos que existe; y segundo, porque últimamente no se ven en plaza trabajos tan bien elaborados como éste, que admiten más de una lectura e invitan a realizarla.

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