30 de octubre de 2010

Tres prosas

Infancia
Con los cambios de estación vuelve la infancia, agazapada en alguna voluta del viento, parida de un capullo que salpica sus perfumes. Es un cambio brusco de temperatura, la arbitraria mutación del talante de las nubes. Suele dejarnos un regocijo triste, esta tenaz infancia, persistente y terca esta infancia que regresa. Un desbroce repentino del yuyal que nos abriga: la verdad sombría de ser aún y todavía lo que llamábamos perdido.








Pasado



Se vuelven a ver después de muchos años. Ella está algo más gruesa; a él las canas le brillan. No saben qué decirse porque el tiempo vuelve memoria las cosas; y ambos piensan: es recuerdo lo que vivo y no hay razón en dialogar con fantasmas evocados. Pero reales son, ella y él, en esa esquina, adonde los dirigió el capricho del mundo retorcido. Se cruzan sin hablar y continúan, tan de largo como la lejana tarde del beso que se convirtió en reliquia. Una tristeza infinita les entra en los ojos como partícula hiriente. Parpadean varias veces, como quien despierta al sol de una mañana conocida, en la que otro hombre, otra mujer, les ciñe la cintura con un brazo, les habla del presente y del futuro.






Latido




En el seno recóndito de la noche tibia late un corazón. Lo sabe, la mujer, lo oye siempre. Remonta, al subir, la luna la hora del reencuentro; un reencuentro de luz en el silencio que palpita. Su hombre duerme y ella sabe que no oye. No hay reproche, el latido vino a su encuentro, inesperado y urgente y le propuso un ejercicio de atenta escucha. Aún ahora no podría asegurar de dónde viene, si del afuera mundo o si del otro. Cuando en el cuarto de al lado ese corazón latía, entre sábanas limpias perfumadas de caricias, la noche –paradoja- no era menos bella. Pero era mineral y ahora está viva.