16 de abril de 2011

Ejercicio

Con lápiz en la mano, estaba la muchacha como sorda, oyendo solamente la vibración del mundo. Y mientras decidía qué escribir hojeaba libros. Se ponía a copiar fragmentos venerables; pedazos de sentido que abrían, sueltos, otros, como los gajos fecundos de algunas plantas nobles. En su cuaderno verde los veía crecer, ramificarse, ondear al viento. Y dar a veces flores imposibles que sobre las baldosas goteaban su perfume. Después, sin darse cuenta, dejó sobre la hoja una palabra nueva. Una semilla suya como una gota en el agua. Entre la hierba, una palabra espontánea que brotaba. De pronto otras se sumaron. Un tintineo surtido entre las frases transcritas. Los fragmentos no perdían su coherencia pero se ensanchaban, como se ensancha el horizonte con cada paso adelante. Eran suyas las palabras y no las esperaba. Fecunda, se volvía, y musical. Fragmento tras fragmento, robado a amadas voces, oyó la canción propia en los trazos del grafito.

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