26 de diciembre de 2013

Un árbol

(Texto publicado en 30 años de democracia. Instituto Luigi Pirandello, 2013)


Debajo de mí hay varios mundos o galaxias. No lo digo porque me sienta sabio, treinta y tantos años, para un árbol, no es edad. Un arbolito, aún, si bien se mira. Aunque mis frutos ya he dado. Cuando me sembraron, recuerdo (se habla poco de la memoria de los árboles), era un día sin sol. Yo creo que quienes lo hicieron pensaron menos en la tristeza de la jornada que en la lluvia inminente. Oí decir que fue tormenta. No lo recuerdo. Habrán leído el presagio. Regalar a una semilla en su cuna el agua primordial siempre me pareció el más tierno de los gestos. Aunque cayera una tormenta larga.
La casa, por lo demás, en todos estos años, ha cambiado. Han agregado una galería y unos canteros que de algún modo me distancian de la puerta, pero que no me alejan de los ocupantes. Aunque sean menos.
Una semilla es muy poca cosa, y ya sabemos que puede pasar por casi nada, una ínfima promesa de vida que tantas veces se queda como está. Pero me plantaron, a mí, un día gris de primavera, con varios mundos debajo, que acaso mitigaron la soledad que vino luego. Esos objetos preciosos, que también llamo galaxias, me acompañaron y a su manera silenciosa me quisieron.
Ahora podría hablar de muchas cosas. Pero todo lo que puede decir un árbol es eco de otros ecos.
La historia, si apacible o atroz, para nosotros es siempre una cosa vertical, salpicada de lluvias y de pájaros, un envoltorio de días, de temperaturas que cambian, de soles fríos y noches sin luna. Vertical. Es esa altura la que me enseñó a mirar, curiosamente, el horizonte: las antenas que fueron brotando sobre las terrazas, las casitas que crecían en baldíos, las casillas que, más tarde se mudaron a los techos, los barriletes que dejaron de volar, las intermitencias nocturnas de los televisores. La chica que hoy se sienta bajo mi copa, con su computadora y mantiene largos diálogos ilusorios con destellos electrónicos, también es como una resonancia del afuera.
En poco más de treinta años un árbol puede dar fruto muchas veces. Vi colgar de mis extremos sus colores perfumados. Y a la que hoy busca mi sombra vi saltar para alcanzarlos. Pero esas que llamo galaxias bajo mi tronco, atravesadas hoy por un camino de raíces, son frutas también de la imaginación. Y nadie, salvo quienes me sembraron, las ha visto nunca. Sus nombres ya son ecos deliciosos: Violín y otras cuestiones, Los dueños de la tierra, La hora de los pueblos, Mascaró.
La vida de los árboles es larga. Nuestra muerte es más larga todavía. No sé si alguna vez saldrán de lo profundo aquellos libros. Si es así, que me recuerden.


2 comentarios:

Susana Bedoy dijo...

Ariel...simplemente maravillosos.
Un relato que te invita a valorar tus raíces...el tiempo que te lleva desarrollarla, y los frutos propios y ajenos.
Señor me siento honrada de tener un poquito de usted en mi cabeza y en mi formación profesional...gracias.

Ariel dijo...

Muchas gracias, Su!!! Besos grandes!