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27 de marzo de 2011

La parroquia



Marisa era la hija del ebanista del templo. Decían algunos –los que tenían alma de poeta- que no parecía sino que su padre la había tallado en ébano lustroso y la había dado al mundo en un acto de pura soberbia.
Por la mañana y por las tardes se la veía andar por las calles de los barrios, ataviada simplemente con soleros florecidos de estampados caprichosos. Los pasitos cortos y veloces de sus sandalias de cuero apenas agitaban el polvo. Su padre la mandaba a hacer cualquier mandado y allá iba Marisa, perfumando el aire con el vaivén de su renegrido largo pelo. Los muchachos la amaban en silencio, la reverenciaban con temor y con temblor. Los hombres apartaban la mirada cuando recordaban a sus hijas. Las mujeres se inventaban en ensueños un pasado de belleza semejante. Marisa iba y venía y delataban su presencia a cualquier hora los silencios de los pájaros. Los que andaban de paso la miraban con deseo y a veces intentaban un avance demasiado brusco, pero siempre algún muchacho o algún hombre aparecía, para inhibir con expresión absoluta la intención de los rapaces.
Era  doncella de todos, y tenían la ilusión de que no fuera de nadie. Bajo el sol de las navidades o sobre el colchón dorado del otoño, Marisa embellecía la tierra y daba crédito a las palabras del Padre Augusto cuando decía que Dios todo lo hace para bien.
Era  de pocas palabras y cantaba el idioma como su padre, al hablarlo. “Como de Santiago pero de acá”, se decía de su acento.
Al terminar el primario había florecido Marisa; había dejado de ser niña y en mujer se convertía. Los vestidos floreados vinieron a mostrar lo que el blanco delantal había escondido y, menos su padre, todos percibieron la amenaza. Es muy difícil guardar lo que codician otros.
Pero Marisa fue atraída por la mística de la Parroquia y entre las misioneras andaba como a resguardo. De casa en casa, ahora, cualquiera podía gozar de su presencia pura que a veces opacaba la alegría de María en la capilla de madera. Los hombres se escondían cuando la oían llegar, no fuera que la Virgen les conociera los deseos; y cuando se marchaban hacían penitencia y pedían a la Madre serenidad y buenos pensamientos. Las amas de casa pasaban por alto la turbación de sus esposos, tal vez ellas también se sintieran inquietas, pero era más sencillo justificar sus dudas diciéndose que hacía la Misión saltar sus corazones.
Marisa, la más joven, cargaba la capilla y la hacía reposar en los altares. Encendía las velas y guiaba la oración con devoción completa. Jamás se distraía o pensaba en otra cosa, y así se fue labrando –en los labios de la gente- un futuro de convento. Su padre, el ebanista, alcanzado tal vez por los rumores, le comenzó a tallar un cofre grande con relieves de bíblicos motivos: su baúl de viaje al seminario. No era hombre de angustiarse por adelantado.
Pero el Señor tal vez pensaba en otra cosa. Y  así ocurrió que un día conoció Marisa a Antonio. Y andando en la Misión pasó tres veces por su casa. La primera en el corro de mujeres, a dejar la Madre Misericordiosa para la oración de los tres días. La segunda con la misma compañía, para llevarse a la Virgen a otras casas, a otros altares y rezos. La tercera vez pasó de largo y sola para ver si Antonio la miraba. 

25 de marzo de 2011

La parroquia

La Casa de los Jóvenes se abrió un domingo al mediodía. Había sido anunciada largamente en los avisos parroquiales. El padre Augusto no dejó de incentivar la participación. Domingo a domingo hablaba a los fieles de la necesidad de formar Jóvenes para el mañana, de compromiso social, hablaba el padre Augusto, de Cristo como un joven que a jóvenes buscó. En la Casa se reunirían, justamente, los Amigos de Cristo, aquellos que a nada temerían salvo al mal obrar. Y había construido, para ellos, un lugar que los aguardaba con sus puertas abiertas. “Dios ayuda a las grandes empresas que lo glorifican”, decía en su exhorto. Y la casa honraba a Dios y a la Parroquia y a los muchachos –así lo decía- que tuvieran el coraje de salirse del rebaño. “Hombres de esta comunidad levantaron la casa para futuros hombres de esta comunidad”. Incluso el ebanista habló también a todos un domingo, nervioso en el altar como una novia, sobre su trabajo en la casa: no sólo marcos primorosos de oscura madera; bancos además, como sillas romanas; dinteles con estudiados motivos vegetales; mesas arturianas que evocaban la igualdad y la nobleza; modulares extravagantes con decoración de alfarería. El padre Augusto había pensado la obra como una casa de retiros, de las que conocía muchas. Tan sólo no había cuartos dormitorio, porque aquel era sitio para vivir la contemplación en la acción; hogar de los espíritus inquietos y no de los meros cuerpos circunstanciales y aún peligrosos.

Un enorme patio central con una fuente, con diversos árboles en sus lindes, brindaba el propicio ambiente para el encuentro y la oración, y una biblioteca, a la que el mismo Augusto había donado todos sus libros de infancia y adolescencia, latía en el centro de la casa.

“De modo que el domingo”, decía Augusto sin cansancio, “No olviden, el domingo”, repetía, “El próximo no pero sí el otro”, precisaba. Y la fecha llegó con toda la paciencia que al cura le faltaba.

El primero en presentarse, ese mismo día y bajo una torrencial lluvia fue un muchacho que de joven no tenía más que el futuro. Un niño aún, harapiento y con los ojos demasiado grandes y profundos para no denunciar en ellos la pobreza escandalosa y la curiosidad aleteando.

Golpeó la puerta de la sacristía cuando Augusto, algo lavada su euforia por la lluvia repentina, ya imaginaba reiterada su oferta el próximo domingo. Abrió pensando encontrarse con alguna de las mujeres que buscaba los horarios más inconvenientes para contrariarlo con sus angustias menores. Pero al darse de bruces con el pequeño, bajo la lluvia empapado y con las manos detrás de la espalda en humildad solemne, no pudo menos que echarse a reír antes aún de sorprenderse.

Lo hizo pasar, le acercó una toalla y lo invitó a sentarse. “Muy bien, caballero”, le dijo, “¿Qué lo ha traído por aquí, con este tiempo tan bravo?” El niño contestó muy serio: “Vengo a anotarme al grupo de jóvenes”. “Ajá, muy bien, muy bien” le dijo Augusto conteniendo una sonrisa de pura ternura. “¿Y cuál es su nombre?”. “Miguel Antonio Luis Acosta”. Lo dijo de un tirón, como una sola palabra, teñida con la gravedad de las estirpes antiguas. “Pero me dicen Antonio, nomás”.

Augusto se maravillaba con el contraste entre el aspecto miserable de aquel niño y la convicción de sus acentos. Había allí madera resistente, lo supo enseguida, pasta de líder, corazón de mando. Y un centro de energía que había que encauzar hacia los fines importantes. Un miembro genuino de la comunidad de amigos que quería conformar. Más pequeño de lo que esperaba, quizá, pero de una personalidad que no podía caerle mejor.

Lo inscribió en un acta con la formalidad que ameritaba la ocasión y Antonio firmó con su nombre más usual y haciendo, tras vacilar mínimo, un rulo exagerado pero impetuoso en la colita de la “o”; después el cura lo mandó a casa, con un paraguas negro. Así, bajo una cortina de agua se marchó el primer Amigo de Cristo: un paraguas con piernitas flacas y paso decidido.

9 de marzo de 2011

La parroquia

Tres misas daba el padre Augusto los domingos, de mañana. la de las ocho para los viejos. Para los niños la de las nueve. La de las diez para los jóvenes. En los primeros años la única a templo lleno era la primera. Cuando en pleno invierno aún no acababa de amanecer, arrastrando a sus decrépitos esposos, algunas viejas llegaban sobre la hora del comienzo. Desde la hora del rosario, en cambio –con diferencia ostensible- las solitarias estaban de rodillas, y con la voz cascada enhebraban cantarinos rezos como letanías. Eran tristes esas misas, pensaba Augusto; Dios es grave, pero no fomenta el sufrimiento inútilmente. De otro tiempo eran esas mujeres, que de su dolor hacían las cicatrices orgullosas del guerrero. Aunque tal vez no tuviesen nada mejor que lucir. Peores eran los hombres resignados que las acompañaban; ni alegría ni tristeza: impaciencia acaso y solamente.

A las nueve, con los niños, el alboroto llegaba corriendo. La otra punta del ovillo. Cuando estaban lejos ya se los oía, arriados como cabritos por los catequistas, levantando polvo por las calles arboladas entre los primeros destellos del sol. La alegría de los niños era desordenada y poco entendía de la seriedad del asunto. Muchas veces tuvo Augusto que hacer llamadas al orden. Misas felices, pero sin Misterio, se decía cada vez; como si fuera Dios un malabarista sorprendente, un trapecista, un mago, y él un maestro de pista. De otro tiempo también eran los niños, se aseguraba Augusto: de un futuro que no dejaba satisfecha su impaciencia.

La misa de diez era la que más le gustaba. Eran pocos los jóvenes piadosos que venían, algunos con sus padres, algunos solos. Acompañaban circunspectos la liturgia. Hacia abismos profundos se les derramaba la mirada, como la leche se derrama cuando hierve. Bullía algo dentro de ellos y Augusto lo sabía y revivía sin querer el fuego de sus años no del todo abandonados. Esos jóvenes, muchachos y muchachas llevaban sin querer en el rostro una confusión de lázaros vueltos a la vida, de apóstoles contrariados frente a las frases del Maestro; un desarreglo de sentidos que no rimaban con el mundo, llevaban todos ellos. El miedo al poder del diluvio imparable. Pero a la vez estaba ahí la madera para hacer el arca salvadora, tan al alcance de la mano que había permanecido secreto.

Fue un domingo de pascua que Augusto se dio cuenta. Cuando lo vio con claridad lo celebró con canto. Nunca mejor tonificada su voz en día domingo. Perdía la concentración en la lectura del misal; la lengua articulaba lo que la boca dejaba escapar y su imaginación volaba en sueño de futuro: una Casa de los Jóvenes, emprendimientos altruistas, camaradería y amistad, líderes futuros, futuros conductores de ese pueblo grande que era la parroquia. Sus ideas, sus anhelos, sus proyectos, se decía, tendrían de aquí en más manos ejecutoras. Grandes cosas auguró para los tiempos venideros. Agradecía aquella revelación como un regalo divino.

Sin pensarlo demasiado, aquella vez, dejándose llevar por el espíritu, anunció su proyecto con expresiones sin forma. El tiempo modelaría las ideas. Su plan, que era el de Dios, echaría raíces profundas.

12 de diciembre de 2010

La Parroquia

El padre Augusto soñó dos noches dos sueños imborrables. El momento exacto resulta difícil precisarlo, pero no caben dudas de que fueron, esos sueños, poco tiempo después de sus primeras misas en la Parroquia flamante.


En uno de los sueños veía un pueblo libre, astuto para proteger sus intereses comunales; con el avaro, severo; generoso con el débil; fecundo en líderes barriales cuyas banderas serían la justicia y la equidad; insumiso y siempre alerta a los abusos de los fuertes. Un pueblo diferente de los otros, aislado, a su manera, protegido de la rapiñería de políticos mezquinos, de la brutalidad de inescrupulosos mercaderes.

Santo era, en cambio, el pueblo que el otro sueño le mostraba. De una santidad popular fecunda en hombres de la Iglesia y en mujeres inocentes oradoras y piadosas. Un pueblo en el que Dios se sintiera como en casa y adonde bajaría por las tardes a matear con los vecinos. Pueblo Edén de desnudeces sin culpa. Un pueblo diferente de los otros, aislado, a su manera, protegido del pecado y de las tentaciones mundanas.

Dos noches y dos sueños imborrables. Pensó al principio, el Padre Augusto, que , a fin de cuentas, eran ambos representaciones inconscientes de lo mismo. De corte inmanente, una. De trascendente aspecto, la otra. Pero habría sido ingenuo verlo así y así dejarlo. No era Augusto de los que se responden con simpleza y a otra cosa pasan. Su inteligencia denunciaba contradicciones odiosas. Nos trasciende lo inmanente, ni lo trascendente se conforma con lo que hay.

Dos noches dedicó, de insomnio, a la armonización de los contrarios, sin hallarle solución ninguna. Un tiempo incómodo siguió a esas noches. Se fue metiendo el problema en todo, y Augusto ejercitaba la metáfora, la metonimia y figuras semejantes. Quizá su retórica incompleta le impidió dar con la respuesta. Las cosas se mezclaron, lo de Arriba y lo de Abajo. Acabó por celebrar sus misas como rito sin sentido, y por ver en simples albañiles a constructores del Reino.

Por fin se dio a buscar correspondencias entre los pueblos soñados, porque allí, tan sólo, habría posibles soluciones; pero hallaba sólo una: cualesquiera de los dos estaba solo en el mundo. Eran pueblos superiores y nadie los empardaba. Llegarían a ese estado tras esforzados intentos. Como aprendices, se entregarían a pulir para sí mismos aquello en lo que fallaban los otros. Es ancha la tierra y peligrosa, llena de tibios y mediocres de discursiva piedad y mentiroso altruismo. Los pueblos de Augusto, ambiciosos, no cejarían hasta hallar la perfección del maestro.

Para aprender cualquier oficio es menester sustraerse a los vaivenes de las cosas.

Si acaso, tiempo habría de abrir puertas y ventanas.

8 de diciembre de 2010

La Parroquia

En el principio no había nada. Estaba la tierra desierta y lo más era llanura. Cruzaría, cada tanto, esa planicie, algún caballo, algún potro; una yegua con sus crías; una tropa con sus gauchos; o alguna caravana de bueyes lentos y familias apampadas. Mundo había, pero en otra parte.


Y lo más era llanura. Y más cielo todavía: campana de limpio azul donde el viento empujaba a veces nada más los astros.

En la crin de un azulejo, la semilla llegó del primer árbol. Las circunstancias casuales que se combinaron la hicieron romperse y brotar y dar a aquella tierra plana un vínculo vertical con el cielo. Subió recto el árbol nuevo y, una primavera, dijo su nombre en el color de sus flores.

El árbol solitario y su copa que albergaba algunos pájaros.

Y lo más era llanura.

Un día aparecieron, a la sombra del follaje y también un poco más allá, algunos brotes. Los de bajo cubierto se secaron pronto y los que andaban dispersos de golpe se vinieron hacia arriba.

Tiempo pasó y la tierra se hizo territorio. Y algunos árboles se volvieron límite de estancia. Ralearon los caballos. O pasaban con sus gauchos tironeando hacienda.

Otro tiempo y los caminos, como cicatrices, fueron marcando el vientre de la tierra, tendida siempre al sol. Las estancias fueron quintas, y las quintas, después, lotes.

Una sierpe larga de asfalto trajo sobre su lomo plano la estruendosa novedad de los primeros colectivos, que dónde cargaban gente, que dónde la descargaban. Pasaban y veían árboles sueltos sobre la planicie. Nadie podía saber cuál era el primero.

Y vinieron, entonces, los que después se quedaron. De los tres ángulos del norte llegaron los pobladores, haciendo muchos de ellos su escala en la gran ciudad, que estaba apenas lejos. Allá y aquí, desperdigadas, erigieron sus casitas. Más árboles plantaron y esos árboles se multiplicaron. Las calles parecían de mentira entre tantos lotes vacíos. Los follajes las ocultaron y también a las barriadas que fueron fecundando la tierra y la sometían a su orden monótono de cuadras.

Y vino la cruz, un día. Como un árbol de otra naturaleza se plantó en una loma casi imperceptible y alzó allí su campanario. Torre alta que daba un panorama del mundo blando sujeto todavía a la fricción de los días.

El templo trajo un cura; un maduro sacerdote de historia un poco turbia y entusiasmo enmohecido.

Pasaron otros sin dejar mayores huellas.

Cuando llegó el padre Augusto, siguiendo el senderos de los avatares, y con la determinación que le conoceríamos, convirtió en Parroquia el templo.

Y el mito despeñó hacia la epopeya.

3 de diciembre de 2010

La Parroquia

Al principio, muchos de los que vivían en la Parroquia no sabían dónde estaban. Por eso hasta ellos llegaban las misiones. En días de semana por las tardes, o los sábados a mitad de la mañana, cuadrillas de mujeres recorrían los barrios. Devotamente llevaban capillitas de madera, dentro de las cuales una virgen de yeso desplegaba su dorado abanico de rayos pintados. Podía haber menos recursos, podía ser María apenas una estampa, pero infaltable era la casa que la guarecía, réplica simbólica de aquella adonde habría de quedarse algunos días, para bendecir el techo y la familia.

Era cosa de mujeres, lo sabía el Padre Augusto. Pero sabía también que esas mujeres de los barrios torcían la voluntad de los esposos a fuerza de sumisiones y silencios.

Entre los corrillos de devotas, cuyos labios murmuraban rezos y maledicencias, el territorio se hacía Parroquia y el Templo se volvía el centro de una carpeta tejida con la gracia y la paciencia del crochet.

Las mujeres de la parroquia. Jóvenes aún pero manchadas de vejeces. Envueltas en vestidos sin colores ni atractivos. De risa fácil y estruendosa, y rápida mudez de velatorio. Expertas en sacar de casi nada heroicos guisos y de pisar los patios de sus casas como quien pisa plantaciones propias. Amantes reservadas de las flores, que obtenían como premio de los dioses, como pago a las porfiadas privaciones. Misionaban con alegría circunspecta y en nombre de la Virgen salían de sus casas a cumplir otra tarea que no fuera hacer las compras. Varios hijos tenían casi todas. Un marido a quien esperar de noche. Un chisme que contar por la mañana. Las mujeres de la Parroquia. Nombres rústicos tenían: Tomasa, Ramona, Adolfina.

Por eso a Marisa su nombre le daba –y además porque era joven y bonita- la frescura de unos brillos cristalinos.

28 de noviembre de 2010

La parroquia

Nadie sabe quién plantó los árboles de la Parroquia. En toda su extensión pueden contarse –no tengo noticias de que alguien lo haya hecho- varios cientos de miles. La variedad y el exotismo de sus especies en danza permiten suponer que pocos son nativos. Tal vez –seguramente- los sembradores ignotos los dispusieron de un modo que propició su natural reproducción. Es difícil creer que semejante colonización verde, ejemplo de democrática aceptación, haya sido emprendida por una misteriosa cofradía de lo arbóreo: pinos cipreses y abetos; fresnos modestos y sauces; ceibos de lágrimas rojas y gigantes eucaliptos medicinales; robles de madera noble, modestos sicomoros de verde brillante, sauces de cansancio eterno; y plátanos, acacias, álamos, paraísos.

Cuentan los mayores que hubo una costumbre, en el principio. Un árbol se plantaba con cada nuevo nacimiento, tal vez para matar dos pájaros de un tiro y reservar apenas el mandato del libro para un tiempo futuro de vida retirada. La mayoría jamás lo escribió. Hay pocos libros en toda la Parroquia y los que hay se esconden de la gente en algunas bibliotecas personales. La del Padre Augusto es de las más famosas. Ama los libros y también los árboles. Jamás pensaría –no son cosas que se piensen por ahora- que se precisan árboles para el papel. Tal vez vive el Padre Augusto en un mundo en equilibrio.

De más joven, cuando caminaba por las calles de tierra de los barrios aspiraba el perfume de los troncos y las hojas. Con los ojos cerrados distinguía por el olor las arboledas. A veces sorprendía algunas bandas de niños que jugaban en las copas, en un bullicio sosegado, de siesta. A veces confundía las bandas con bandadas de gorriones. Su olfato era muy bueno pero no tanto su oído.

Una tarde, en el sopor de enero, andando a pasos cortos y meditando en silencio, los ojos hacia el suelo y las grietas de la tierra, oyó un extraño ruido proveniente de un castaño. Como el rechinar de goznes viejos oyó el Padre Augusto, como si una puerta misteriosa se abriera y se entornara mecida por la brisa entre las ramas altas. Los que lo conocen bien dicen que tuvo miedo antes de alzar la vista. Todo lo entendió un segundo antes de levantar los ojos en la dirección de chirrido pendular.

Después de esa tarde no volvió a caminar solo por las calles en mucho tiempo. Prefirió la seguridad del campanario para contemplar la Parroquia. Desde arriba, la mirada abarcadora aleja del peligro; por ejemplo del peligro de toparse con lo mismo que se topó esa tarde.

Era el cadáver de Antonio que colgaba del castaño. Manso, por fin, se balanceaba Antonio. Nada quedaba de su ímpetu juvenil, sólo el cansino movimiento circular que describía su cuerpo colgando de la soga; y de su voz tonante, que solía quebrársele con los cambios de la edad, apenas el quejido de la rama del que pendía su peso. Dicen que el Padre Augusto volvió tropezando a la casa parroquial y se hundió en la penitencia y no salió por tres semanas. El Padre Armando se hizo cargo de las misas y las confesiones.

Los parroquianos entendieron lo que quisieron. Algunos esbozaron teorías ominosas. Otros sabían mejor qué había pasado. Nadie supo nunca, a juzgar por los relatos, el íntimo dolor del Padre Augusto. Pero todos comprendieron que había cruzado una puerta y cerrado con candado.

Enterraron al muchacho al pie del castaño, sin señales. Brotaron hongos tristes.





22 de noviembre de 2010

La Parroquia

Se sabe poco sobre la educación del Padre Augusto, pero hay datos que lo explican o que lo justifican, casi. Es seguro que había larga prosapia en su familia, y que su padre, si no era militar, así entendía el mundo. De modo que el pequeño Augusto tenía ya su puesto reservado en alguna de las Armas, por herencia paterna o por la línea más oblicua de amistades o parientes.


Los años del Liceo transcurrieron casi todos en un clima de masculina camaradería. Poco contacto tuvo con la iglesia más allá de los preceptos que como bautizado cumplía por costumbre. Tenía una fe fluctuante, omnipresente a veces, a veces olvidable. Pero había de llegarle la hora de la luz que a tantos jóvenes les llega; es decir el momento en que todo se acomoda y se tiene, como un golpe, un cachetazo, la certeza de que hay una vida escrita y que basta con leerla; la convicción íntima de que, no importa de qué modo, se seguirá ese camino o ningún otro.

Augusto vio esa luz una mañana, mientras hacía sobre su escritorio una tarea para Religión. Por algún motivo valedero no había asistido a clases y se aplicaba con esmero a los trabajos pendientes. A la sazón leía una página del Evangelio; la que cuenta cómo Cristo desde sobre una colina (le dicen monte, por costumbre, pero tan alto no era) hablaba a las gentes que se habían congregado y les decía cosas tan extrañas como que los pobres eran naturales herederos del Reino de los Cielos. Augusto meditaba: qué cosa puede un pobre recibir como herencia sino más sometimiento y pobreza. La santa locura de Cristo invertía esas verdades y las tornaba verdad nueva. Pero no debía perderse en abstracciones, se lo habían advertido. Un futuro militar lleva el pensamiento a las manos y las ideas las tiene de mármol y de bronce. Así que Augusto cambió palabras rebuscadas por estampas visuales. Ahí estaba Jesús, de pie en la altura modesta, descalzo sobre el pasto ralo y bajo el sol la cabeza, rodeado de seguidores –en círculos inmediatos- y de desesperados curiosos –en círculos más grandes, ecos de los primeros-. Augusto lo vio mirar esa gente a la deriva; lo vio girar la cabeza y abarcar con la mirada el sembradío de cuerpos, el rebaño, la manada (no lograba dar con la metáfora precisa). La multitud era un murmullo enmarañado. Se detuvo a oírlo Augusto, era el método favorito de su profesor jesuita. De manera que escuchó el atenuado vocerío, incomprensible por lo numeroso y por el idioma que desconocía (el realismo era virtud principal en la contemplación). Pero unos minutos después –Augusto con los ojos cerrados- el murmullo se transformó en gritería y el realismo desbordó de la imagen. Augusto abrió los ojos y supo que el tumulto venía de la calle. Corrió al living para asomarse al ventanal. Vivía en un piso del centro, cercano a la Plaza de mayo. No entendió de inmediato lo que sus ojos le mostraban. En el calor de Octubre una turba avanzaba por la calle. Algunos llevaban banderas, otros ni siquiera camisas. La curiosidad lo hizo bajar y salir. La calle era un desorden espantoso o una fiesta de carácter nunca visto, difícil precisarlo con las ideas algo rígidas que le habían injertado. Se metió en la corriente y se dejó llevar, sumiso, hasta la plaza. Caminó o corrió entre desconocidos. Hombres, pero también mujeres, rostros color de barro, atuendos vulgares y cuerpos transpirados que dejaban traslucir una curiosa euforia. “Van al monte” se explicó de pronto Augusto, “van al monte a oír la frase”. Fue la plaza, para él, el monte, y oyó a la multitud corear un nombre amado, posiblemente el de quien vendría a hacerlos herederos. Augusto no cabía en sí de la alegría y se perdió en la masa. Una inquietud tenía y era la de saberse no del todo parte de esto, pero la conjuró con la espera del mesías, que salió al cabo de muchas horas a un balcón que no era un púlpito pero que a Augusto se le antojó semejante. Nada entendía de los hechos, nada de lo que lo rodeaba. Pero cerró los ojos y se sintió completo.

Ocurrió entonces: la pasión –que él reservaba a los héroes que estudiaba- se le despertó en lo hondo y devoró todo deseo, se alimentó de cada anhelo y se volvió perfecta. Hay quienes dicen que en momentos como este cualquiera podría volverse un santo, un asesino, un déspota de magnánimas virtudes o un tirano desalmado y oprobioso. En suma, una especie de dios sobre la tierra. Pero lo cierto es que la convivencia entre los hombres exige menos fuego, y a la mayoría le ocurre lo que Augusto: que ese instante de comunión perfecta se desgarre y el Todo se decida por el casi y el no siempre. Pero eso vendría más tarde, con los años y la vida. En ese momento supo atado su destino a ese gentío vulgar, a la pobreza populosa que había llenado la plaza; y mucho más a ese mesías de brazos abiertos, que tan bien había leído en los anónimos rostros que lo coreaban.

Volvió muy tarde, ya de noche, anunciándose el castigo que le esperaría por la desaparición inexplicable. Pero a su modo, también, volvía del camino de Damasco, como un San Pablo adolescente, cuyos pasos pisaban ya el suelo del un mundo que era nuevo.

16 de noviembre de 2010

La Parroquia

El perímetro de la Parroquia se extiende durante unos cien kilómetros redondos. Un rectángulo, más bien, un trapezoide. Rutas nacionales y un río de aguas pútridas marcan sus límites presuntos. En ese vasto territorio los barrios proliferan. Son en su mayoría de casas de ladrillos y están sin terminar. Horizontales techos sostienen tanques de agua y albergan restos de recientes construcciones: fierros oxidados, latas de brea, chapas que reflejan la luz, lomas de piedra partida. Restos o promesa de obra: dos hileras de ladrillos ya anuncian el futuro cuarto. No hay terrazas sino techos que cobijan y sostienen la ilusión de la casa holgada. Atadas a los tanques, las antenas como inmensas libélulas vigilantes se agitan con las ráfagas.


Hoy es raro verlo, pero no hace tanto era común oír murmullo de albañiles, los fines de semana. En los barrios la albañilería es una actividad de domingos. No era extraño ver legiones pequeñas de hombres en prendas de trabajo y con sombreros de papel de diario, en alegre rumbo hacia una casa: se llena el techo de un cuarto nuevo; o hacia un terreno desmalezado y desparejo: se hacen los cimientos de un vecino inesperado. No faltaban niños al trote y en pleno juego entre sus padres. Erigir el barrio era tarea numerosa. Se cobraban los trabajos en favores y préstamos de herramientas.

Al mediodía ascendían las columnas de humo llevando al cielo el alimento de dioses particulares. Se enredaban, a veces, las columnas, su materia leve anudada por el viento. A carne asada olían las calles y los rincones ocultos y el aroma condimentaba los guisos de los más pobres. Se retomaba el trabajo tras la pausa del almuerzo y la sobremesa breve de cigarrillos y vino en damajuana, la modorra tensada con el peso de los baldes cargados de cemento. Alguno silbaba, tarareaba el otro un aire del litoral. Se volvía el movimiento danza.

La sombra de cualquier árbol cercano marcaba el comienzo del atardecer, cuando empezaba a andar el mate entre las manos y los niños limpiaban las sobras del trabajo.

Así fue haciéndose casa caserío y se fueron conectando por calles de tierra no siempre apisonada.

Desde el campanario del templo eran manchas grises entre la contundencia del verde. Al Padre Augusto, a veces, los ojos se le humedecían, hinchado de pronto de una fe absoluta, no tanto en Dios como en los obradores. Se le apartaba la vista de los cielos y trataba de inmiscuirse en los círculos de hombres. Sentía nostalgia, el Padre Augusto, a veces; nostalgia de una vida no vivida, simple como la carne crepitando en las parrillas; una vida hecha de sudor y pan ganado; de transitoria pobreza que amasaba en los hijos la esperanza de lo por venir; de cama caliente y mujer y abrazo. Pero Dios lo había elegido para otros menesteres –se convencía el cura para apartar las dudas-, y era deber ocuparse y futura recompensa. Desde lo alto del templo el Padre Augusto se hinchaba de absoluta fe en los hombres de esa tierra casi virgen; eran grandes, no había duda, pero estaban aún dispersos. Como las tribus de Israel, un Salomón buscaban que los agrupara; un Mahoma capaz de tejer una red en el desierto, para atrapar la realidad, para atrapar el mundo. A Dios, para atrapar, si era preciso.

8 de noviembre de 2010

Para un libro futuro

La Parroquia

Es estrecho el espacio por el que los escalones de madera oscura caracolean hacia arriba. Pero no lo suficiente como para impedir que el cuerpo grande del Padre Augusto se aventure tarde a tarde hacia lo alto. El olor de la madera se desprende como polvo con cada paso y las paredes rugosas se sienten recorridas, como en una caricia, por los dedos gruesos y algo toscos que no son del todo ajenos a las cuerdas sutiles de la guitarra o al preciso movimiento de la pluma. Paso a paso, hacia arriba, mientras crujen suavemente como bufando los escalones con cada paso, el aire cambia y la brisa que baja trae los olores entrañables de la tierra y de los árboles.

Cuando sale al campanario, el Padre Augusto entrecierra los ojos. Es la hora del atardecer pero el sol aún no se ha puesto y brilla intenso suspendido como una luminaria sobre la vasta superficie de la Parroquia. Desde el oeste irradia los rayos amarillos y cálidos que hieren por unos momentos los ojos del sacerdote, habituados a las largas horas de penumbra en la casa parroquial. Pero pronto se acostumbran a la luz y se abren ansiosos para abarcar la fronda interminable que prácticamente cubre el extenso territorio, tan apretada y verde que no parece sino un bosque manchado aquí y allá por caseríos. Los barrios.

Hay un momento en que el Padre Augusto ya no está seguro de ver realmente toda aquella inmensidad. La imaginación compensa las deficiencias de los sentidos. Lo cierto es que, hasta donde se extienden el ensueño y la visión, hasta el horizonte circular detrás del cual el sol irá a asilarse, hasta la usina misteriosa que surte de brisa a la tarde, la Parroquia se derrama sobre el mundo. Y es el mundo la Parroquia. Es un pequeño planeta que la mirada del Padre Augusto, tarde a tarde, cuando sabe que nadie lo requiere, actualiza desde su puesto invisible en las alturas del campanario. Es una tierra que de algún modo le pertenece; y aunque nunca, por pudor, se arrogaría la propiedad de ese país pequeño, sabe que estaban esas regiones a la deriva, sin norte claro, en un caos primigenio, como islas flotantes en el infinito espacio, móviles a merced de las copas agitadas de los árboles. Él, el Padre Augusto, fundó la parroquia y fue como hacer nacer un sol en torno al cual los mundos errantes hallaron su destino orbital. Tierras incultas que ahora giraban en escolástica armonía alrededor del alto campanario del templo, desde el cual el Padre Augusto, girando como un faro la vuelta completa sobre su propio eje, oteaba sus dominios. Menos como espiritual pastor de un pueblo que como padrillo en la llanura.