Del cuaderno violeta
Lo veo así: toda literatura debe ser capaz de conmover. No existe el placer puramente intelectual. Todo placer produce un estremecimiento físico. La capacidad de provocar afecciones está, para mí, en lo más alto de la escala de valores estéticos. Otro problema es dilucidar el número y el tipo de esas afecciones. Otro problema es comprender que no se hace sonar con el mismo golpe un tronco o la cuerda de un violín.
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13 de mayo de 2012
11 de marzo de 2011
David Viñas y el Profesor Challenger
Extraños mecanismos de la memoria. Conocí a David Viñas cuando tenía doce años. Debo precisar, no exactamente a David Viñas, sino al que, desde el principio adquirió para mí no sólo su estampa sino puntualmente su rostro. Por aquel entonces yo estaba maravillado con El mundo perdido, la novela de Conan Doyle que salva su nombre de escritor, no porque sea un libro memorable (aunque para mí lo es) sino porque allí no aparece ningún Sherlock Holmes que acapare los objetivos de todas las cámaras.
Pues bien, en El mundo perdido conocí a David Viñas, que en la novela lleva el nombre de Profesor Challenger, y profesa las ciencias naturales con la misma pasión irreverente con que Viñas profesaba la literatura argentina.
La voz que muchos años después interpelaba a un vasto auditorio de alumnos –entre los que me contaba- mientras discurría aleatoriamente sobre Sarmiento y Mansilla; que conocía todos los secretos de la diatriba y la empleaba con gracia inigualable; que lanzaba apotegmas como rayos que anuncian la lluvia –ese Zeus amable y generoso-, no volverá a oírse.
Cuando calla una voz de escritor suele callar, para la mayoría, un sonido encriptado en escritura: de manera que se traduce la muerte de un autor como el fin del flujo de sus libros. Pero también, y en un sentido más concreto, más íntimo también, se silencia una voz verdadera, hecha de modulaciones particulares, de un timbre peculiar, de un modo propio de respirar y paladear las palabras. Con la muerte de Viñas se pierde un escritor extraordinario, siempre vigilante de sus propias contradicciones –como toda persona honesta-; pero también una voz efectiva que supo dotar de tensión un inmenso corpus de textos ya olvidados por la memoria colectiva, y que muchas veces, solos, no alcanzan la grandeza de otros textos más célebres; pero que interpelados, desmontados pieza a pieza y dispuestos entre sí –a veces misteriosamente- en un plano de inmanencia por la mirada de un crítico inspirado, pueden revelar una estatura que no les hubiésemos concedido. Con la pérdida de Viñas, eso que llamamos la literatura argentina pierde ante todo a una de sus voces más elocuentes.
El profesor Challenger, a mis doce años, no tenía ninguna entonación particular, quizá un torpe remedo de voces adultas y poderosas que yo podía haber oído o imaginado. Seguramente, desde ahora, cuando vuelva a transitar las páginas de El mundo perdido, Viñas me hable del jurásico y de los pterodáctilos; y yo me preguntaré, con velada sonrisa, de qué escritor argentino me está conversando.
Pues bien, en El mundo perdido conocí a David Viñas, que en la novela lleva el nombre de Profesor Challenger, y profesa las ciencias naturales con la misma pasión irreverente con que Viñas profesaba la literatura argentina.
La voz que muchos años después interpelaba a un vasto auditorio de alumnos –entre los que me contaba- mientras discurría aleatoriamente sobre Sarmiento y Mansilla; que conocía todos los secretos de la diatriba y la empleaba con gracia inigualable; que lanzaba apotegmas como rayos que anuncian la lluvia –ese Zeus amable y generoso-, no volverá a oírse.
Cuando calla una voz de escritor suele callar, para la mayoría, un sonido encriptado en escritura: de manera que se traduce la muerte de un autor como el fin del flujo de sus libros. Pero también, y en un sentido más concreto, más íntimo también, se silencia una voz verdadera, hecha de modulaciones particulares, de un timbre peculiar, de un modo propio de respirar y paladear las palabras. Con la muerte de Viñas se pierde un escritor extraordinario, siempre vigilante de sus propias contradicciones –como toda persona honesta-; pero también una voz efectiva que supo dotar de tensión un inmenso corpus de textos ya olvidados por la memoria colectiva, y que muchas veces, solos, no alcanzan la grandeza de otros textos más célebres; pero que interpelados, desmontados pieza a pieza y dispuestos entre sí –a veces misteriosamente- en un plano de inmanencia por la mirada de un crítico inspirado, pueden revelar una estatura que no les hubiésemos concedido. Con la pérdida de Viñas, eso que llamamos la literatura argentina pierde ante todo a una de sus voces más elocuentes.
El profesor Challenger, a mis doce años, no tenía ninguna entonación particular, quizá un torpe remedo de voces adultas y poderosas que yo podía haber oído o imaginado. Seguramente, desde ahora, cuando vuelva a transitar las páginas de El mundo perdido, Viñas me hable del jurásico y de los pterodáctilos; y yo me preguntaré, con velada sonrisa, de qué escritor argentino me está conversando.
15 de septiembre de 2010
Blanco nocturno, de Ricardo Piglia
Con gusto a poco
No hace mucho César Aira hablaba de los escritores que no escriben: “hay mucha gente que cuando dice en su juventud ‘yo quiero ser escritor’, en realidad lo que quieren es ser escritor en el sentido de funcionar socialmente como escritores, eso es lo que les gusta... Entonces escriben un libro cada diez años, con un gran esfuerzo, o recopilan artículos de manera que mantienen en vigencia su carnet de escritor. Por eso muchas veces he dicho... que no me gustan los escritores que no escriben”. Trece años después de su última novela Ricardo Piglia vuelve al ruedo de la ficción con Blanco nocturno, una novela policial que transcurre en un pueblo pequeño de la llanura bonaerense, cuya trama combina los recursos propios del género con cierta crítica social que establece un claro punto de vista sobre lo que se ha dado en llamar el “Campo”. Pocas veces ocurre en la literatura argentina que la publicación de una novela sea una noticia. Es lo que ha ocurrido con Blanco nocturno, tal vez porque Ricardo Piglia integra, más por sus ensayos que por sus cuentos y novelas, el reducido grupo de los escritores argentinos más destacados después de Borges, tal vez porque Blanco nocturno viene anunciándose desde el ’97, cuando Plata quemada ganó el premio Planeta. Lo cierto es que la nueva novela del autor de Respiración artificial fue una de las más esperadas de los últimos años. La pregunta es simple y, quizá, contundente: ¿alcanza? Cuando una obra genera grandes expectativas va de suyo que se espere un verdadero acontecimiento, una obra que sea un punto de inflexión, ya sea en la trayectoria del autor como en el panorama literario contemporáneo. Pero también es verdad que raras veces la expectativa se colma. Y es lo que ocurre con Blanco nocturno. Se trata de una “buena novela”. Eso es todo. Incluso puede acusársela de ser por momentos afectada y de tener fallas elementales, como lo convencional de algunos personajes y la inverosimilitud de ciertos diálogos. Un ejemplo de esto último: Croce, que declara ser un “pobre comisario de campo”, dice muy suelto de cuerpo algunas páginas más adelante: “Comprender no es descubrir hechos ni extraer inferencias lógicas, ni menos todavía construir teorías, es sólo adoptar el punto adecuado para percibir la realidad”. La lectura de Blanco nocturno decepciona más cuando se considera que se trata de la cuarta novela de Piglia en treinta años. Los “escritores que no escriben” deberían priorizar el oficio y ser más consecuentes con sus lectores. No todos pueden ser Juan Rulfo.
No hace mucho César Aira hablaba de los escritores que no escriben: “hay mucha gente que cuando dice en su juventud ‘yo quiero ser escritor’, en realidad lo que quieren es ser escritor en el sentido de funcionar socialmente como escritores, eso es lo que les gusta... Entonces escriben un libro cada diez años, con un gran esfuerzo, o recopilan artículos de manera que mantienen en vigencia su carnet de escritor. Por eso muchas veces he dicho... que no me gustan los escritores que no escriben”. Trece años después de su última novela Ricardo Piglia vuelve al ruedo de la ficción con Blanco nocturno, una novela policial que transcurre en un pueblo pequeño de la llanura bonaerense, cuya trama combina los recursos propios del género con cierta crítica social que establece un claro punto de vista sobre lo que se ha dado en llamar el “Campo”. Pocas veces ocurre en la literatura argentina que la publicación de una novela sea una noticia. Es lo que ha ocurrido con Blanco nocturno, tal vez porque Ricardo Piglia integra, más por sus ensayos que por sus cuentos y novelas, el reducido grupo de los escritores argentinos más destacados después de Borges, tal vez porque Blanco nocturno viene anunciándose desde el ’97, cuando Plata quemada ganó el premio Planeta. Lo cierto es que la nueva novela del autor de Respiración artificial fue una de las más esperadas de los últimos años. La pregunta es simple y, quizá, contundente: ¿alcanza? Cuando una obra genera grandes expectativas va de suyo que se espere un verdadero acontecimiento, una obra que sea un punto de inflexión, ya sea en la trayectoria del autor como en el panorama literario contemporáneo. Pero también es verdad que raras veces la expectativa se colma. Y es lo que ocurre con Blanco nocturno. Se trata de una “buena novela”. Eso es todo. Incluso puede acusársela de ser por momentos afectada y de tener fallas elementales, como lo convencional de algunos personajes y la inverosimilitud de ciertos diálogos. Un ejemplo de esto último: Croce, que declara ser un “pobre comisario de campo”, dice muy suelto de cuerpo algunas páginas más adelante: “Comprender no es descubrir hechos ni extraer inferencias lógicas, ni menos todavía construir teorías, es sólo adoptar el punto adecuado para percibir la realidad”. La lectura de Blanco nocturno decepciona más cuando se considera que se trata de la cuarta novela de Piglia en treinta años. Los “escritores que no escriben” deberían priorizar el oficio y ser más consecuentes con sus lectores. No todos pueden ser Juan Rulfo.15 de mayo de 2010
La casa de los conejos, de Laura Alcoba
Debería decir que me gustó leer La casa de los conejos. Debería decir que me impactaron los hechos que allí se hilvanan de una manera casi ausente, lo que incrementa la sensación de vago espanto que produce su lectura: Una niña, envuelta en una serie de acontecimientos cuya brutalidad aún no es capaz de comprender. El recurso, que no es nuevo en la historia de la literatura –basta pensar en El tambor de hojalata, en los cuentos de Silvina Ocampo, en algunos de Cortázar- tiene en La casa de los conejos, un plus. Hija de montoneros, Laura vive de cerca los pormenores de la vida clandestina, llena de sutilezas que recuerdan las ficciones de espionaje durante la guerra fría. Pero aquí, lo que en esas tramas producía una tensión placentera, una identificación con el héroe, el agente secreto cuyas aptitudes sintetizaban las dos tradiciones principales de la novela policial –la inglesa y la norteamericana-, es reemplazado por un extrañamiento que puede promover el análisis o el pavor. No se trata de una novela que pretenda jugar con las emociones del lector, sin embargo, y creo que allí radica su mayor mérito. Se trata sí de la transitadísima historia reciente argentina, con su colección de horrores, sobreabundante tal vez en la literatura argentina de los últimos años. Me refiero sobre todo a la proliferación de testimonios sobre los setenta, cuya necesidad no discuto –al contrario-, pero cuya pertenencia al ámbito de la ficción literaria es, al menos, problemática. Es que La casa de los conejos impacta más por su valor testimonial que por la sobriedad de su escritura, de tono algo ausente o extrañado, donde tal vez radique justamente el mayor logro de la novela. La perspectiva no deja de tener su costado novedoso. De cualquier manera, creo que se trata de una novela que mientras se mantiene en el terreno de la ficción, o de la ficcionalización, adquiere una potencia importante. Quizá su mayor defecto sea el alegato final, que produce una considerable deflación en la fuerza original de la ficción. Otra vez: la importancia de este texto parece radicar más en su “verdad” testimonial –reforzada por una primera persona que, cuando se actualiza en el tiempo, volviéndose explicativa, suena mucho menos convincente- que en su fuerza narrativa. ¿Qué hubiera sido de esta novela sin los capítulos iniciales y sin frases finales del tipo “No existen palabras para la emoción que me invadió cuando descubrí, en cada cosa recordada, las marcas de la muerte y la destrucción”?
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